martes, 27 de diciembre de 2016

"EL PASO SUSPENDIDO DE LA CIGÜEÑA" - THEO ANGELOPOULOS (VIDEOS)

"EL PASO SUSPENDIDO DE LA CIGÜEÑA" - THEO ANGELOPOULOS


Título original: To Meteoro Vima tou Pelargou (El paso suspendido de la cigüeña) (1991)
Director: Theo Angelopoulos
Guión: Theo Angelopoulos, Tonino Guerra, Petros Markaris
Intérpretes: Marcello Mastroianni, Jeanne Moreau, Vassilis Bougiouclakis, Dora Chrisikou, Gregory Karr, Ilias Logothetis, Dimitris Poulikakos
Fotografía: Giorgos Arvanitis, Andreas Sinanos
Música: Eleni Karaindrou
Producción: Coproducción Grecia-Francia-Italia
Duración: 143 ’

B.S.O.



El reportero Aléxandros (Gregory Karr) es destinado, junto a su equipo de filmación, a la frontera entre Grecia y Albania para grabar cómo es la vida allí. Su viaje coincide temporalmente con el incidente del Pireo, en que unos polizontes asiáticos son descubiertos en un barco griego y, ante la negativa a concederles el asilo político, optan por arrojarse al mar y morir allí. “¿Cómo se va uno? ¿Por qué? ¿Adónde? Como decía el viejo verso olvidado: “No olvides que ha llegado la hora de viajar. El viento se lleva tus ojos lejos”, dice la voz en off de Aléxandros.
La frontera es ese lugar donde, como explica el coronel al mando de las tropas destinadas en la zona, “todo se sobredimensiona y la gente se vuelve loca”. El paso suspendido de la cigüeña va sobre la vida en el límite, junto a esa arbitraria línea trazada en el suelo de algún puente que cruza un río y que separa dos países, dos pueblos que en el fondo no son tan diferentes. Acercarse a esa línea es algo parecido al paso suspendido de una cigüeña, con un pie en tierra y el otro en el aire a punto de tomar una decisión. “Si doy un paso estoy en otro sitio o muerto”, aclara el coronel, ese hombre que para sobrellevar su penoso trabajo como vigilante de la frontera se ha vuelto un cínico y un borrachín. Frontera geográfica, por tanto, pero frontera también entre la vida y la muerte.
Aléxandros descubre una ciudad cercana a ese último confín, donde hace tiempo se creó un barrio, una especie de “sala de espera”, un gueto que ha ido creciendo hasta extenderse, como un tumor, por toda la ciudad, un espacio entre la nieve donde viven (o quizá están muriendo) refugiados kurdos, turcos, albaneses, polacos, rumanos, iraníes… a la espera de que su situación se resuelva. Un no lugar donde seres humanos malviven en casas de baja calidad o encerrados como mercancías en vagones de trenes varados (como describe una panorámica que va recorriendo esos compartimentos uno a uno). Un sitio a espaldas del mundo donde las personas adoptan el nombre que quieren y no tienen papeles. Por casualidad, en medio de ese paisaje de bruma, frío y humedad donde ocasionalmente sale un rayo de sol (tan típico del cine de Angelopoulos), Aléxandros descubre a un hombre muy parecido a un político (Marcello Mastroianni) que desapareció misteriosamente hace años, en el auge de su carrera como político y como escritor, tras la publicación de su profético La desesperación de finales de siglo, esa obra que conmocionó y que en su prefacio se anticipaba al futuro diciendo aquello de: “Supongamos que al escribir estas líneas estamos a 31 de diciembre de 1999…”. Aléxandros se va implicando progresivamente en los sucesos que se suceden delante de la cámara, abandonando su aséptica actitud de reportero, obsesionándose con la vida de este hombre enigmático, investigando en sus últimos días, hablando con su esposa, una Jeanne Moreau que susurra en inglés. ¿Cuántas fronteras ha de cruzar un hombre para estar en su casa? Por si fuera poco, Aléxandros se enamora de una joven a la que conoce, y a la que algún obstáculo misterioso impide que se entregue totalmente a él.
Sobre un fondo decadente, inhóspito y difuminado, las dos tramas se van entrecruzando, a menudo sin solución de continuidad gracias a los larguísimos planos-secuencia del maestro Theo Angelopoulos, coreografía sinuosa que exige de todo el equipo (técnico y artístico) un esfuerzo grande, pero que cuando obtiene el resultado buscado provoca en el espectador una implicación mucho mayor que la del montaje al que habitualmente le tiene acostumbrado otro tipo de cinematografías. La banda sonora de Eleni Karaindrou nos envuelve con la atmósfera de la nostalgia decadente de un acordeón, como esa suerte de valtz hermoso y trágico que se repite una vez y otra en la película. Otras veces no hay música de fondo, solo el silencio, un silencio prolongado y apenas quebrado por el ruido ambiente, el ladrido de un perro, el rumor de un río. “A veces hay que callar para oír la música que hay tras el sonido de la lluvia”, aseguraba el político en el parlamento, segundos antes de desaparecer.
Una de las metáforas habituales de Angelopoulos que aparece en El paso suspendido de la cigüeña (película que es pura alegoría) es la del viaje, ya sea interior o exterior, como símbolo de la vida. En la película, ese viaje tiene lugar a bordo de vehículos decadentes, o de trenes que llegan hasta esa ciudad fronteriza, o que sirven de vivienda, como fin del viaje y fin de la vida. También el río, otro viaje; ese río, impetuoso o sosegado, pero cargado de vida, y que sin embargo hace de frontera entre dos países o entre los dos amantes que aparecen hacia el final de la película celebrando su boda.

Pero, ¿quién ese ese hombre camaleónico al que todos aseguran haber visto en diferentes lugares?, ¿realmente se puede saber lo que uno es? Y si es el político, ¿por qué se marchó dejándolo todo, esposa incluida? ¿Cuál fue el mecanismo que en un momento dado falló y que provocó un colapso en su vida, convirtiéndole en un exiliado del mundo pero también de sí mismo? ¿Qué ocurriría si los amantes volvieran a encontrarse?, ¿puede seguir la vida como antes, después del paréntesis?
El cine de Angelopoulos no es de los que dan respuestas, sino más bien todo lo contrario, deja preguntas en el aire, acaso irresolubles entre la bruma, a sabiendas de que la vida es ese paisaje desolado, frío y húmedo, en que cohabitan la incertidumbre y el silencio, donde ocasionalmente (y solo ocasionalmente) aparece un rayo de sol. Y mientras, una brigada de hombres ataviados con uniformes amarillos se encarama en lo alto de los postes telefónicos, intentando restablecer la comunicación…


El 24 de enero de 2012 Theo Angelopoulos fue arrollado por una moto mientras cruzaba una avenida en la periferia ateniense. Se hallaba buscando localizaciones para su próxima película, El otro mar, sobre los efectos de la crisis en Grecia. Pero Theo Angelopoulos no murió ese frío día de enero: aquel accidente ridículo fue solo el inicio de un plano-secuencia, uno largo y silencioso… Como decía el viejo verso olvidado: "No olvides que ha llegado la hora de viajar. El viento se lleva tus ojos lejos".

http://uninstantedecaos.blogspot.com/2012/02/el-paso-suspendido-de-la-ciguena-theo.html






domingo, 25 de diciembre de 2016

4 EXCELENTES PELÍCULAS ITALIANAS DE LOS 58-59-60




SINOPSIS: En una ciudad de provincias, Mario, un oficinista que vive en una modesta pensión, conoce una noche a la joven Natalia, en cuyo rostro se refleja un profunda tristeza. Le da conversación para animarla y ella le explica cómo cambió su vida, gris y aburrida, cuando conoció a un apuesto forastero del que se enamoró y cuyo regreso espera cada noche. Durante cuatro noches mágicas, Mario, enamorado de Natalia, alberga la esperanza de sustituir en su corazón al misterioso forastero. 

















sábado, 24 de diciembre de 2016

DESEANDO AMAR "Una sensibilidad fuera de todo convencionalismo" (Subtitulos en español)











  • Críticas
  • "Insólita y emocionante, preciosa película (...) maravillosa, la historia de amor más triste del mundo"
  • "Bellísima"
  • "Nueva y sofisticada película de Kar-Wai, elaborada con una planificación milimétrica y una sensibilidad fuera de todo convencionalismo"
  • "Wong Kar-Wai se supera a sí mismo y entrega una de las películas más memorables de los últimos años. Un melodrama sencillo, cotidiano, pero narrado con un arrojo inusitado, con una perfección formal inimaginable en el cine contemporáneo. (...) Con mimbres livianos, la película se convierte, gracias a la pasión de su director, en una profunda reflexión, casi susurrada, sobre las relaciones personales, la amistad y el amor. Una maravilla."

Hong Kong, 1962. Chow, redactor jefe de un diario local, se muda con su mujer a un edificio habitado principalmente por residentes de Shanghai. Allí conoce a Li-zhen, una joven que acaba de instalarse en el mismo edificio con su esposo. Ella es secretaria de una empresa de exportación y su marido está continuamente de viaje de negocios. Como la mujer de Chow también está casi siempre fuera de casa, Li-zhen y Chow pasan cada vez más tiempo juntos y se hacen muy amigos. Un día, ambos descubrirán algo inesperado sobre sus respectivos cónyuges. (FILMAFFINITY)







CRÍTICA DE FOTOGRAMAS

Primero, una advertencia. Esta película es una obra maestra, desde luego, pero quizás no el tipo de obra maestra que algunos comentarios les hayan hecho creer. Aviso: el largometraje de Wong Kar-wai NO es un melodrama preñado de emoción, ni un perfecto mecanismo exprimelagrimales alrededor del amor frustrado, ni una de esas obras de aliento clásico y supremo romanticismo que recupera el sentimiento íntimo que bla, bla, bla... No, no y no. In the Mood for Love es algo mucho más perverso, retorcido y ambiguo que las mejores pelis de llorar que conozcan (y piense aquí en Breve encuentro, Tú y yo, Los puentes de Madison... o en la referencia más adecuada disponible en su memoria); es un ejercicio cinematográfico que por encima de su esquinado funcionamiento como love story resulta, en realidad, un alambicado tratado fílmico sobre el secreto, sobre las motivaciones no explícitas, cuya importancia se sitúa en las fronteras del experimento lingüístico, del hallazgo expresivo. Considero oportuno el aviso al no dejar de oír y leer comentarios sedimentados tras su triunfal circuito festivalero y machaconamente focalizados en el supuesto sentimentalismo a flor de piel de este romance oblicuo y capicúa; lo cual puede acabar por reducir injustamente su valoración al mero reconocimiento del manejo virtuoso, por parte del autor de Chungking Express y Happy Together, de ciertos códigos genéricos. Sublimación posmoderna de la ficción rosa más asequible, de la fotonovela incluso, vendría a ser, por así decirlo, una vivisección de tales géneros menores desde una posición malvada y extremadamente cerebral. Frente a la torrencialidad dramática de dichos modelos, tradicionalmente dirigidos al bajo vientre del espectador, Wong Kar-wai, manierista de la frugalidad, sitúa aquí el Estilo (así, con mayúsculas) en primera línea, como objetivo central, como fin último... de ahí que el impacto de su obra resulte ante todo sensorial. Su objetivo nunca fue sembrar ese ansia de cumplimiento argumental y ruptura de las expectativas propio del cine lagrimal, sino provocar cierta suspensión del aliento a un nivel de percepción puramente artístico. Y es en este plano formal donde In the Mood for Love sí deviene experiencia limítrofe, gracias a un grado de estilización que alcanza a veces la pura abstracción escénica (resoluciones de escenas únicas, planos que atentan contra el sentido común narrativo y, sobre todo, el fuera de campo, elipsis que son casi saltos mortales dentro del flujo del relato...). In the Mood for Love no es, por tanto, otra arrebatadora película sobre el amor, sino una calculada y obsesiva investigación audiovisual sobre los códigos escénicos que el cine ofrece para materializar precisamente dicho sentimiento (ese mood...) en pantalla; un ensayo de laboratorio movido por la reflexión y la autoconsciencia representativa que niega, una a una, toda fórmula capaz de convertir una obra así en pura papilla-ficción.Para quien no quiera perderse un hito del cine reciente. - Lo mejor: el juego de espejos deformantes entre las dos parejas.- Lo peor: que se olvide la aportación de los colaboradores de Wong Kar-wai. 

 http://www.fotogramas.es/Peliculas/Deseando-amar


Deseando amar



Este es el séptimo largometraje dirigido por Kar-wai, natural de Hong-Kong y perteneciente a una serie de realizadores jóvenes formado por personas tan dispares como Am Hui, John Woo, Tsui Hark... Temática y formalmente poco tienen de común estos directores a no ser una cierto regusto por el cine occidental y por un estética, llamémosla, postmoderna. Kar-wai no se ha centrado en una determinada temática, aunque siempre el amor, el desencanto y la recuperación de una memoria o un tiempo han aparecido en sus obras. Su primera película conocida entre nosotros fue Chunking expres, excelente reflejo de la vida de dos policías en el Hong-Kong actual. El hecho que Tarantino la distribuyera en Estados Unidos le provocó la etiqueta de fiel a las enseñanzas del cine de ese realizador norteamericano. Realmente no hay nada de eso. El cine de Kar-wai si algo no tiene que ver es con la obra del director de Pulp fiction, ya que para empezar ni siquiera existe un violencia externa en el desarrollo de las obras del hongkonés. Antes había realizado una película de artes marciales, Ashes of times, otra de gángster, As tears go way, y una romántica de ambiente retro, Days of Being wild, y con posterioridad a Chunking express realizará la sugerente Fallen Angels y Happy together, una historia de amor homosexual desarrollada en Buenos Aires. Su última obra, por el momento es ésta In the mood for lover, que se está convirtiendo en una película imprescindible en el hoy. Su exitoso pase en distintos festivales, y los numerosos premios que acreditan (justamente) su valía –entre los últimos el César, el equivalente en Francia a los Oscars, concedido a la mejor película extranjera- que la han llevado hasta la antesala de los Oscars. 

Se trata de un filme anticonvencional, que narra una simple y convencional  historia de amor: el encuentro de una hombre y una mujer que son vecinos, y que viven una (¿real?) historia de amor, después de comprobar que sus respectivos cónyuges les son infieles. Pocos personajes en una historia que es y no es, que releja multitud de otras historias como la suya. Ella y él que se creen únicos, viviendo algo distinto, no son más que la ilusión que también mantiene a los otros, encerrados en sus mentiras, dudas y ensueños. Sí, sus respectivos compañeros, le son infieles, pero también la protagonista verá reflejada la misma situación con su jefe. Lo importante de la película no es su vulgar historia de amor sino lo que ella es capaz de significar, el conjunto de relaciones, de situaciones que surgen a través de ellas y, sobre todo, la forma de estar realizada. Silencios, palabras dichas o soñadas, imáge
nes que son o quizás nunca fueron nunca. Una búsqueda de una verdad, de una relación y de un sentido contado a través de los recuerdos (esos recuerdos que como se dice en el film aparecen desvaídos como vistos –igual que en la película-a través de cristales no translucidos. 

Personajes que se cruzan, se hablan o se ignoran y sobre todo se encuentran fuera del propio mundo en que viven. Seres que esconden su amor y sólo desean centrarse en ellos (para los amantes no existe el resto de las personas). Pero, al fin y al cabo, todo deviene en una búsqueda de lo que fue realmente y no de lo que se pudo soñar. No hay una unidad temporal, es un caminar de la memoria sin rumbo en busca de unos acontecimientos que fueron (o no), que vuelven y se marchan sin un orden lógico. El pasado se entremezcla sin saber qué momento fue o aconteció antes que el otro. Un juego, pues, sobre la memoria con lo que In the mmod for love aparece claramente deudora del cine de Resnais, cuyo Año pasado en Mariembad se “cita” en las últimas imágenes, aunque muy bien pudieran haber sido sacados de Hiroshima mon amor o de Toda la memoria del mundo o cualquier otra obra del director francés que mejor “ha retratado” la memoria y su búsqueda. Pero si Resnais es uno de los referente claros de este excelente obra de Kar-wai no lo menos la influencia de Godard y su sentido del cine como expresión de libertad. Todo es válido: volver –desde distintos puntos de vista- al mismo momento, hacer que sonido e imagen se unan y se contrapongan, las mismas palabras siempre repetidas engarzadas con formas de actuación diferentes, el ritmo discontinuo del relato, la utilización de la cámara lenta y, en fin, el saltarse alegremente el raccord, liberando al cine de una armadura técnica, tradicional, reglada. Disquisiciones sobre la memoria y, por tanto, también sobre el tiempo, motor y ocultador de todo cuanto aconteció en el pasado. Un tiempo que, en el filme, viene explicitado por la continua presencia de los relojes, siempre andantes sin posibilidad de parar, de actuar en pos de un destino inmortal. Son, ellos, los señores de unos deseos y de unas realidades, que terminan por concretarse en una desesperada desaparición y ausencia. De ahí esos momentos estáticos o rodados a cámara lenta como si se tratase de congelar o ralentizar el momento que nunca volverá a ser, porque por el hecho de ocurrir es ya un pasado irrecuperable. Cada plano es un instante robado al tiempo y señalada su autenticidad distante y distinta de los otros por la diferente indumentaria de los personajes: los trajes de ella, las corbatas de él... 

¿Estuvo ayer ella en Singapur o ese hecho no es otra cosa que un deseo de existencia por parte de él?¿Será ella, y quizás el hijo que ha tenido o que  nunca tuvo con él,  quien viva nuevamente en la casa donde se conocieron y comenzaron a amarse? ¿Forma todo ello parte únicamente de la imaginación? ¿Qué señala realmente el paso del tiempo sino el oscurecimiento de los acontecimientos vividos? Al final, el hombre, se encuentra en Camboya. Como periodista, probablemente, siga el viaje del General De Gaulle. Un hecho importante, pero que, al igual que su única e importante historia de amor, terminará por ser devorada por el tiempo. Sobre lugares vacíos, y con, a lo mejor, un elemento que señala la huella del hombre, transcurren las últimas imágenes del filme. Sólo quedan las cosas, piedras, montañas, ruinas del ayer... Queda una huella de un hombre que creo aquello y que ahora ha desaparecido, ya no existe. Mirada, pues, sobre la nulidad de un esfuerzo o la belleza de un recuerdo. 

Queda dicho que el relato no es lineal. El tiempo se altera y nunca sabremos ciertamente en que momento de la historia –de los dos personajes- nos encontramos. Sólo sus actitudes, sus formas de comunicarse nos pueden indicar si aquello es anterior o posterior a lo anterior que hemos contemplado. Algo que volverá a ocurrir en la siguiente escena. 

Espejos, cristales, vidrios coloreados se interpondrán o reflejarán a los personajes, captando sus pensamientos o diluyéndolos. Todo está estudiado (la lluvia que cae de pronto sobre la ciudad, sobre los amantes, el no ver nunca la cara de sus respectivas parejas –esa cámara que trata de espiar lo que está aconteciendo entre ellos, que se ocultan o son ocultados por esa pared que les oculta o les aleja) hasta en su más mínimo detalla. Sorprende también la utilización de la música como elemento importante en la conducción del relato y donde curiosamente aparecen dos canciones en español como “Quizás, quizás” y “Aquellos ojos verdes”, una utilización (la de la música) que ya aparecía como sobresaliente en Happy together. 

Kar-wai es un realizador importante al que habrá que seguir con mucho detenimiento. In the mood for love es una de las películas actuales más originales, estimulantes y bellas. Con cine (y tan trasgresor) como este podemos sentirnos a gusto y proclamar que (el cine) sigue vivo y seguirá por siempre, aunque el tiempo pase, aunque las historias que acontecen en su interior, o fuera de la pantalla, no se  sepa con exactitud si fueron o dejaron de ser, o si se acercaron a lo pensado, o si unas no sustituyen a las otras. Todo, quizás, sea eso o “quizás, quizás” sea lo otro. 

Adolfo Bellido López  

UNA OBRA MAESTRA DEL CINE Brief Encounter BREVE ENCUENTRO (Dossier)



Brief Encounter
Año
1945
Duración
85 min.
País
Reino Unido Reino Unido
Director
David Lean
Guión
Noël Coward, David Lean, Anthony Havelock Allan
Música
Rachmaninov
Fotografía
Robert Krasker (B&W)

Reparto
Celia Johnson, Trevor Howard, Stanley Holloway, Joyce Carey, Cyril Raymond, Everley Gregg, Valentine Dyall
Productora
Cineguild
Género
Romance. Drama | Drama romántico. Melodrama

Sinopsis
El azar hace que un hombre y una mujer, ambos de edad madura y casados, coincidan en una estación de tren. Su inicial amistad pronto se convertirá en un amor tan intenso como prohibido. (FILMAFFINITY)




Viendo, sintiendo la realidad

1. Preámbulo


Los trenes entran y salen ajenos a todo, a todos. Únicamente atentos a su propio deambular, que incorpora una música que sus ruedas transmiten y que tantos parecemos relacionar con el transcurrir de la existencia. Vamos, diríamos que es casi como una metáfora. A la que unimos las nubecillas del vapor de las locomotoras, deslizándose bajo los acristalados techos de las estaciones, para incorporarse al espacio exterior.

Y todo esto ocurría en tiempos que ya no son, que ya no están, que ya no podemos palparlos, analizarlos, revivirlos. Salvo cuando se presentan con las imágenes de una película irrepetible: Breve encuentro, de David Lean, que está basada en una obra breve de Noël Coward, Naturaleza muerta, y que a través del cine ya nos pertenece: la hemos hecho nuestra.



2. Naturalismo romántico

Y no podía ser menos cuando en una estación de tren, en su cafetería de ir y venir, de encuentros casuales, toman contacto dos seres como insatisfechos, aunque aparentemente felices. Y se dan cuenta que congenian, que se sienten atraídos mutuamente; y que el futuro está aún por escribir.

Eso es lo que suele pasar: el presente está dando siempre pasos hacia el futuro. No es de otra manera, aunque románticamente sí podemos cambiar los tiempos, las sensaciones, los sentimientos, las apetencias. Y también hasta pueden aparcarse las crisis, asumirlas o resolverlas. Se comprende: todo depende de la voluntad de cada cual para entenderse, satisfacerse a sí mismo y respetar a los demás.

Porque, para empezar, su historia es sencilla, como la de tantos y tantos que deambulan por sus vidas con el aparente sosiego de que están viviendo, sintiendo, lo que les corresponde. Van de casa al trabajo, a las reuniones, a las tertulias, y de paseo, o al revés, con la sensación, prácticamente aceptada, de que así es la existencia cotidiana que desempeñan y que han hecho suya, casi sin aspaviento alguno.

 Además, en esta ocasión, apoyándose en las notas románticas, fluidas, de un piano que dialoga con la orquesta con la sutilidad de una tristeza añadida, al borde de ser superada. Y que se amolda a los personajes como si ellos mismos la fuesen componiendo, porque forma parte de sus sentimientos, de esa pasión que les lleva a comprender mejor sus deseos y su realidad a uno y otro lado del espejo.

Que David Lean haya escogido el Concierto nº 2 para piano y orquesta de Serguei Rachmaninoff, revela algo más que conocer lo que se traía entre manos. Nos dice que cuando las imágenes están sintiendo, resolviendo, la realidad, se necesita un contrapunto adecuado para que dicha realidad, sin dejar de serlo, se incorpore a nuestras vivencias como si de nosotros mismos se tratase.

Como contraste, y complemento, tenemos la historia de la encargada de la cantina; la de la amiga de Laura; del amigo de Alec que le cede su piso; la riqueza del entorno de los viajeros; el ambiente gris-nublado de las calles, con ese organillo tocando Deja que el mundo gire. Y sus carreras para subir al tren, que están, como un presentimiento, en andenes enfrentados…





3. La crisis del amor

Porque eso es, por descontado, la crisis de pareja: el amor se ha convertido en rutina, aburrimiento; sobre todo cuando se convive bajo el mismo techo y los alicientes que les unieron se han tornado tedio y cansancio. Así están ambos cuando se miran, se sienten, en el bar de la estación del ferrocarril, cuyos trenes les llevan a sus trabajos y los devuelven a sus hogares.

Alec (Trevor Howard) y Laura (Celia Johnson) entran en la cantina y la doble crisis da comienzo. Así de simple y de natural. Porque los primeros 30 minutos de este Breve encuentro son impresionantes y emotivos: como si estuviésemos espiando, sin que lo supiesen, sus afectos y tensiones en un marco tan real y conocido que nosotros mismos pudiéramos ser ellos.

La arenilla en el ojo de Laura es un pretexto y el médico Alec la examina con tal pulcritud que nos dice, por medio de los sabios planos de Lean, que el futuro les aguarda con el tono místico de las conjuras, y la sabia conciencia de que sus crisis devengarán responsabilidades en tiempo real.

Y las secuencias se deslizan con las cadencias que marca Rachmaninoff, al tiempo que vemos cómo, en aquellos tiempos, se fumaba en los cines, tomaban coñac para reponerse, se vestían para cenar, aunque fuese en casa; y se decían frases cuyo sentido de la crisis provocada las hace, ahora mismo, de un verismo tal que hasta pudiera molestarnos.

“Si te murieras, me olvidarías; y yo quiero que me recuerdes”. Así le dice Alec y no se trata sólo de sabiduría, se trata del sentimiento a flor de piel, del convencimiento de que su pasión está más allá del tiempo…

“Tenemos responsabilidades. Esto es tiempo muerto”. La demostración de que la crisis los ha cogido a ellos mismos, Alec y Laura, y vamos comprobando que tampoco pueden esquivarla: “No es tiempo real”, concluye Alec, porque sus relaciones están marcadas por sus pasados, que terminan por anular la pasión que se tenían. Véase el plano del beso con el paso del tren…

“Perdóname por haberte amado”. Y esa es la realidad, declaración de Alec, fundida en este Breve encuentro, que hace que su doble crisis de pareja se expanda, como las nubecillas de las locomotoras de aquellos sus trenes, y acabe en ese espacio que es volver a su condición anterior, al principio de las crisis; suplicando para que poder amar, y ser amado, sea lo más gratificante que le acontezca al ser humano.



4. Epílogo

De la misma manera que Laura, voz en off, pone las cosas en su sitio en relación con la inoportuna presencia de su amiga, que incordia en su despedida con Alec, así sabemos que las películas, a la chita callando la mayoría de las veces, nos ayudan bastante más de lo que se suponen los intelectuales y políticos de turno. Es decir, que los breves encuentros a que dan lugar nos complementan.

En esta ocasión por medio de una doble crisis, analizada, y más allá de sus 30 primeros minutos impresionantes y emotivos, diríamos que son sus 86 minutos totales, con las imágenes de quien sabe confiar en ellas por sus encuadres, por su montaje, por su música y porque cuenta con los actores adecuados, desde los mencionados hasta todos los que completan las secuencias.

Vista hoy, no es que parezca realizada ahora mismo, es que traspasa su propia idoneidad para enclavarse dentro de aquellas obras cinematográficas a las que el tiempo beneficia continuamente, pues no en vano al tiempo pertenecen. Y no es una paradoja. Es la constatación de que el arte y la vida son animales simbióticos, como sospechábamos desde siempre.

Gracias, una vez más, a Noël Coward, Celia Johnson, Trevor Howard, Robert Harris, Ronald Neame, Anthony Havelock-Allan, David Lean y a todos cuantos han hecho posible este gratificante, fructífero, imperecedero, saludable y apasionado Breve encuentro.

Escribe Carlos Losada



BREVE ENCUENTRO

Dirigida por David Lean
Reparto Celia Johnson, Trevor Howard, Stanley Holloway más
Géneros Drama, Romántico
País Gran bretaña

SINOPSIS
El destino hace que un hombre y una mujer, ambos casados, se conozcan en una estación de tren. La mujer es Laura Jesson, un ama de casa con un matrimonio aburrido que regresa a su casa después de una excursión a Milford. En el andén, es ayudado por el hombre, que le ayuda a quitarse una mota de polvo de su ojo. Él es Alec Harvey, un dentista que regresa a su casa con su mujer después de pasar consulta.

Ambos disfrutan del encuentro con el otro, por lo que arreglan un nuevo encuentro. Pronto, su relación, que empezó en algo inocente y de forma casual, se desarrolla en amor. Durante un tiempo sus encuentros son a escondidas, por el temor a encontrarse con conocidos que les delaten. Alec consigue que queden en la habitación de un amigo suyo, Stephen, pero su encuentro con Laura se ve interrumpido por la repentina llegada de Stephen.

Esta circunstancia les hace replantearse su relación, destinada a fracasar. Alec le comenta que ha aceptado un puesto de trabajo en Sudáfrica, y que se marchará. Mientras esperan una última despedida en la estación del tren, las circunstancias hacen que ese adiós final sea el más desolador para Laura.

'Lost in Translation', grandes momentos de un encuentro irrepetible (Dossier)


Nunca volvamos aquí otra vez, porque nunca volverá a ser tan divertido". Charlotte
'Lost in Translation' es uno de esos raros títulos que dividen a los aficionados al cine; están los que lo odian y estamos los que lo adoramos. Y no es difícil averiguar el porqué. No es ésta una película asequible, de fácil consumo. Incluso, podría decirse que durante gran parte de su metraje no ocurre nada (al menos, nada concreto, visible). Sofia Coppola nos sumerge, a su manera, en el breve y desesperado encuentro entre dos individuos perdidos en un lugar extranjero; no saben quiénes son ni qué están haciendo, pero siguen adelante; la realizadora sitúa la cámara frente a estos personajes sin pedirles que hagan nada especial, para que los observemos y los comprendamos tal como son, en escenas íntimas, para que respiremos su mismo aire, sintamos su misma soledad y desorientación. Esto evidentemente es lo que molesta a sus detractores. Creen que falta más movimiento, más velocidad, una historia más definida, sin tanto espacio ni silencio. Pero precisamente ahí es donde reside su encanto.
Fui a ver 'Lost in Translation' cuando se estrenó, la volví a ver en DVD y más tarde en televisión; las tres veces me quedé con la misma sensación, y la disfruté del mismo modo, aunque las circunstancias del visionado no eran las mismas, ni yo tampoco. Hace una semana, pensando en una lista de las mejores películas que he visto en esta década, llegué a más o menos una veintena de títulos, y dudé sobre si incluir o no la película más popular de la hija de Francis Ford Coppola. Así que le quité el plástico a la edición metálica que compré unos meses atrás (a un precio ridículo) y volví a verla. De nuevo llegué a la misma conclusión; es una película de momentos, un conjunto débil que se mantiene en pie de forma increíble gracias a un puñado de grandes escenas aisladas.
Evidentemente, una de las imágenes de la película es la que os he puesto arriba, el trasero de Scarlett Johansson, que aquí interpreta a Charlotte, una chica norteamericana que pasa unos días en un Hotel, mientras su marido sale a trabajar. Con las deseadas nalgas de la joven estrella se inicia 'Lost in Translation' (2003); es el primer plano que vemos, y sobre él aparece el título, mientras la pantalla funde a negro. En off se oye una voz que nos da la bienvenida a Tokio. A continuación vemos las calles de la capital japonesa, iluminando la noche, a través de los cansados ojos de Bob Harris, un actor famoso que acaba de llegar desde Estados Unidos para rodar unos anuncios de televisión. Le da vida un genial Bill Murray.
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Tras una serie de repetitivas postales, que no hacen más que recalcar lo sola que está Charlotte (Johansson nunca ha estado tan guapa, irresistible, como lo está aquí) y lo desubicado que está Bob, llegamos a la que es una de las escenas más recordadas de la película, el "momento Suntory". La situación está bien escrita, pero sin Murray no sería ni la mitad de divertida, su reacción es fundamental. Más adelante tendremos una escena muy parecida, e igualmente desternillante, durante una sesión de fotos en la que el actor debe poner mil caras diferentes mientras se supone que bebe el whiskey que está anunciando. Esta parte podría resultar redundante, de no ser porque en ella asistimos de una forma más clara y rotunda al declive artístico del protagonista. Es cuando le vemos arrastrarse por dinero, respondiendo a las cada vez más absurdas peticiones del fotógrafo como si fuera un mono de circo.
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Bob pasa por el aro porque simplemente se deja llevar, ha perdido la ilusión y necesita mantener su lujosa forma de vida. Pero Coppola nos presenta a una chica que es una atracción de feria por propia naturaleza, como si fuera un sueño hecho realidad. En otra de las mejores escenas de la película conocemos a Kelly, a quien encarna Anna Faris de forma tan perfecta que parece que realmente ella fuera así (cosa que no parece probable, lo mismo que el trato de Giovanni Ribisi con Johansson, a quien no besa nada más que para despedirse). La estupidez supina de la chica, que a mí no sé por qué me recuerda a Britney Spears, se pone aún más de manifiesto en un momento posterior, cuando están cenando en el restaurante del hotel y les explica que su padre es anoréxico, porque en Vietnam le envenenaban la comida. De nuevo, podría verse esta escena como algo repetitivo, innecesario, pero aparte de que la anécdota es memorable, sirve como preludio al primer encuentro entre Charlotte y Bob, que no la pierde de vista, desde la barra.
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Aunque ya se han visto en el ascensor (ella dice que no se acuerda), por fin nuestros dos protagonistas se acercan y mantienen una primera conversación amistosa. Charlotte le pregunta qué hace en Tokio, y Bob responde sinceramente que ha viajado para ganar millones de dólares con un anuncio, en lugar de rodar alguna película; de pasada, nos da otra pincelada de su anodina vida privada, cuando confiesa haberse perdido el cumpleaños de su hijo. Durante la película, Bob mantiene contacto con su mujer a través del teléfono o del fax, gracias a lo cual entendemos que ella está más preocupada por el color de la moqueta (otro momento muy divertido) que de lo que siente su marido, que en todo caso intenta arreglar las cosas demasiado tarde (y de forma equivocada). Charlotte también habla por teléfono en una ocasión y el resultado es muy parecido, ya sea por la diferencia horaria o por cuestiones más personales, cuando cuelga se siente más sola aún, después de una intrascendente charla.


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Charlotte y Bob ya se conocen, están aburridos, se caen bien y van a probar el sabor de la noche japonesa. En la larga secuencia que viene a continuación, y que consiste básicamente en ver cómo se divierten los dos protagonistas, se alternan momentos inspirados con otros más prescindibles, y estoy seguro que es la parte en la que muchos de sus detractores resoplan y niegan con la cabeza, deseando que se acabe la película cuanto antes. Es un tramo de equilibro delicado, que quizá dura demasiado, pero en todo caso es necesario, imprescindible, ya que por primera vez vemos a Charlotte y Bob felices, pasándoselo realmente bien. De aquí nos podríamos quedar con la famosa escena del karaoke, con una seductora Johansson y un (de nuevo) divertido Murray, pero personalmente me gusta más lo que sucede justo después, cuando Charlotte apoya la cabeza sobre el hombro de Bob, y se quedan en silencio, simplemente estando juntos.
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Poco a poco, mirada a mirada, risa a risa, la joven Charlotte y el veterano Bob van intimando, se van conociendo y gustando, necesitando como el aire la compañía del otro. Hay una extraordinaria química entre los dos actores que se mantiene durante toda la película, haciendo posible que nos creamos su relación, que llega a la cima en la no menos famosa escena de la cama. Como explica Murray en uno de los extras del DVD, cuando los protagonistas de las películas llegan a la cama, suelen pasar dos cosas: sexo o discusión. Coppola no elige ninguno de los dos caminos y nos regala una conversación memorable entre los dos personajes, que desnudan su alma frente a la pantalla (la manera en la que Bob cuenta cómo es la paternidad parece tan verdadera que deja la piel de gallina). Al parecer, tardaron bastante en rodar el que es uno de los momentos más bellos de la película, coronado por esa leve caricia de Bob en el pie de Charlotte. La única vez que se quedan dormidos.
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No podemos hablar de 'Lost in Translation' sin comentar el desenlace. La película acaba de forma coherente, sin concesiones, sin un happy end, del mismo modo que terminan otras preciosas e imposibles historias de amor narradas previamente en la pantalla ('Breve encuentro' de David Lean, 'Los puentes de Madison' de Clint Eastwood o 'Deseando amar' de Wong Kar-wai). Aquí es donde Coppola o los actores podrían haberla pifiado, muy fácilmente, pero todo queda narrado con la misma naturalidad y elegancia que ha caracterizado el resto de la película, y asistimos a unos de los finales más tristes, dolorosos y hermosos de los últimos años. De toda la poderosa secuencia final me quedo con dos momentos muy concretos: el primero, que me impacta de forma increíble, es la mirada que se le queda a Bob cuando se despide de Charlotte, cuando se da cuenta de que no hay marcha atrás, que la pierde para siempre; la segunda gran imagen es la de los ojos llorosos de la chica, abrazada a Bob, solos en medio de una ciudad atestada, escuchando una última frase que nosotros no podemos oír. Y adiós.

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https://www.blogdecine.com/criticas/lost-in-translation-un-encuentro-irrepetible



Sinopsis 

Bob Harris (Bill Murray) es una estrella de cine estadounidense que, como muchos de sus colegas, también se dedica a prestar su imagen para anunciar todo tipo de productos en el mercado japonés. Hasta Tokyo, y muy a su pesar, debe viajar para rodar un anuncio de whisky. Y aunque le colman de atenciones, el tedio le puede, y mata las horas muertas en el bar del lujoso hotel en el que se aloja. Por su parte Charlotte (Scarlett Johansson) es una veinteañera licenciada en filosofía que ha viajado a Tokio para acompañar a su marido, un fotógrafo (Giovanni Ribisi) de una banda de rock que es más adicto al trabajo que a su matrimonio. Pero el aburrimiento también le puede y acaba en el bar en el que también está Bob. Allí se conocen una madrugada en la que ninguno de los dos puede dormir, y empiezan a charlar. Allí nacerá una increíble amistad entre dos personas perdidas en todos los sentidos: en una ciudad extraña, donde nadie les comprende y donde se encontrarán a sí mismos. 




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Crítica 

Hay silencios que dicen mucho, a veces más de lo que uno puede pensar. Y silencios los hay a patadas en "Lost in Translation", esta auténtica obra maestra con la que nos ha queridoobsequiar Sofia Coppola, la hija del mítico Francis Ford, el hombre que parece haber dejado de lado el cine para dedicarse más a sus viñedos. Silencios y miradas. Las que nos obsequian estos dos personajes perdidos en la gran ciudad que es Tokio. Un lugar lleno de contrastes, donde las luces de neón contrastan con la luz tenue y las sombras del hotel en el que se hospedan los protagonistas; donde a pesar de que estar rodeados de millones de personas se sienten más solos que en ningún lugar del mundo; donde la televisión cumple con una función evidentemente narrativa, ya que no hace sino que acentuar esa sensación de soledad pese a que en teoría es de las pocas cosas que les puede unir a lo que han dejado en su país. Triste y divertida a la vez, la película es un muestrario donde todo tiene cabida: el humor, el drama, la ternura, la ironía, la búsqueda de uno mismo, el desconcierto, el naufragio personal, y sobre todo la inteligencia de una directora que se perfila como uno de los valores más sólidos del cine actual.Ella, como ya hizo en su momento Wes Anderson con "Academia Rushmore", confió en un actor como Bill Murray, y supo ver las enormes posibilidades dramáticas que tiene este pedazo de actor. Aquí demuestra, de nuevo, como se habían equivocado con él todos aquellos mentecatos que afirmaban que sólo era capaz de hacer mil y una payasadas -lo cierto es que las hizo-, pero que de actor dramático, nada de nada. Lo único que le hacía falta era un buen material. Y aquí lo ha tenido a su alcance. Él era el hombre perfecto para encarnar a ese actor en decadencia que es contratado para hacer un anuncio de whisky en Japón, algo que ha hecho Sean Connery. Allí conoce a una joven -magistral Scarlett Johansson, la mejor actriz con diferencia de su generación- con la que iniciará una amistad que ralla con el amor platónico. Los dos personajes comparten mucho más de lo que podría parecer en un principio, dada la diferencia de edad entre ellos. Se aburren en sus respectivos matrimonios:la mujer de él no hace más que llamarlo para preguntarle tonterías, el marido de la joven pasa de ella, y casi la trata como si fuera parte del mobiliario de la habitación del hotel donde se hospedan -de hecho muchos han querido ver en este personaje un alter-ego del ya ex-marido de Sofia-. Bob y Charlotte son dos extraños que pasan sus horas muertas y las noches de insomnio en el bar del hotel. Hasta que se encuentran. Ahí comienza esa amistad que con el paso de las horas, de los días se convierte en amor, aunque sea muy especial, muy particular. La bella historia de amor, una de las más sutiles y a la vez hermosas que se han visto en mucho tiempo en una pantalla de cine, tiene tres momentos claves. El primero sería aquél en el que ambos comparten la cama, acostados boca arriba, vestidos, sin tocarse, explicándose sus miedos, la mano de él buscando los dedos de ella y así se quedan dormidos y felices. Posteriormente está aquél en el que el actor carga en sus brazos a la chica después de una noche de juerga; llega a la habitación, la acuesta, le quita los zapatos, la arropa, le roza un brazo, paga la luz y cierra la puerta para que nadie perturbe su feliz sueño en esa noche mágica que acaba de pasar. En ese momento se puede notar el deseo que siente el hombre por la chica, pero también sabe que no puede ser. Porque la cinta narra precisamente, la historia de algo que no puede ser, y que se certifica con ese tercer momento clave, en las postrimerías de la cinta, donde él se acerca a ella y le susurra algo a ella, algo que nos resulta inteligible. Algo que puede significar muchas cosas. Todas las posibles en este mundo.

Ver más en: http://www.20minutos.es/cine/cartelera/pelicula/12518/lost-in-translation/#xtor=AD-15&xts=467263

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CRITICAS:


  • "Deliciosa película. (...) Todo resulta divertido, irónico y humano en esta película inteligente y fresca."
  • "Film deslumbrante (...) comedia vivificadora, de gran vuelo lírico y poderoso calado irónico. (...) El choque de rostros entre Bill y Scarlett es una delicia de pura seda y pura inteligencia."
  • "Parece banal decir que se agotan los adjetivos al hablar de 'Lost in Translation' pero es la verdad: es punzante y profunda, también divertida e irónica."
  • "Uno de los ejemplos más puros y simples, que jamás se haya visto, de lo que es un director/a enamorándose de lo que le están ofreciendo sus actores. (...) Murray entrega una interpretación tan real y sin esfuerzo que fácilmente podría confundirse con no actuar en absoluto."
  • "Consigue algo exquisitamente humano, tan humano que incluso las estrellas de cine lo sienten."
  • "Dos maravillosas interpretaciones. Bill Murray nunca estuvo mejor. (...) En fin, que me encanta esta película. Me encanta el modo en que Coppola y sus actores negocian el riesgo del romance y la comedia, tomando lo poco que necesitan y dejando el resto a la veracidad de los personajes."
  • "Descolocados de sus países de origen y de sus vidas pasadas, Bob y Charlotte vienen a establecer un lenguaje propio. Coppola ha hecho lo mismo, probando que puede presumir de tener una de las voces más auténticamente diferentes del cine actual."

miércoles, 21 de diciembre de 2016

EL INFERNAL 'PARAÍSO' DE LA SOLEDAD SUECA: INDIVIDUALISMO Y ESTADO DE BIENESTAR







POR MARIO SILAR


¿ES REAL LA BUENA FAMA QUE TIENEN LOS PAISES NÓRDICOS? ¿QUÉ SE ESCONDE DETRÁS DE ESTE IDEAL DE AUTONOMÍA RADICAL?
He tenido la gran fortuna de conocer hermosas ciudades y paisajes de los países nórdicos de Europa. Habiendo nacido y crecido en Sudamérica y viviendo hace varios años en el Viejo Continente, cuando uno hace turismo no puede evitar pensar: "¡qué bien se vive por aquí!". Pero ¿es realmente así? Fácilmente reconocemos que una cosa es el ojo del turista y otra la realidad del inmigrante que lleva varios años viviendo en un sitio muy lejano de sus raíces.
Todos sabemos, además, que "los países nórdicos" ocupan buena fama entre la opinión pública. En buena medida esto se debe a la tarea "informativa" de los medios de comunicación, así como las frecuentes referencias que hacen diversos actores políticos poniendo a estos países como los ejemplos a seguir. En efecto, es a estos países a los que miramos cuando queremos mejorar los sistemas educativos, ellos suelen ser también los referentes en materia de conciliación laboral, de derechos sociales e incluso de políticas de asilo y migración. En el imaginario de la opinión pública parece habitar la idea de que Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca han logrado casi "cuadrar el círculo", en la medida en que han sentado las bases institucionales para lograr una sociedad que goza de los niveles de prosperidad que ofrece la economía de mercado, al tiempo que han logrado -fruto de una supuesta fuerte presencia gubernamental- lidiar con éxito frente al monstruo de la desigualdad, que supuestamente anidaría en las economías capitalistas. Por el contrario, algunos retardatarios -en el colmo de su impostura- acogerían e incluso verían con buenos ojos la desigualdad a la que consideran la condición de posibilidad para tener una economía genuinamente libre y digna de los seres humanos. No se puede ser tan cruel, piensan muchos que tienen esta quimera mental en su cabeza, de pensar que el estado debe estar ausente para tener economías libres, y allí tenemos estos países nórdicos para "demostrar" lo contrario: que se puede vivir bien, en la abundancia, gracias a un estado fuerte que provee las bases económicas para equilibrar la balanza.
Dentro de este imaginario también suele acogerse la idea de que el individualismo es fruto del modus vivendi "consumista" alentado por el sistema económico capitalista, y que la socialdemocracia o un pretendido socialismo "light" fue el marco conceptual que estuvo y está a la base del éxito y de la prosperidad del modelo social nórdico actual.
LA MITAD DE LA POBLACIÓN SUECA VIVE SOLA Y EL 40%, ADEMÁS, AFIRMA SENTIRSE SOLO
¿Es todo esto realmente así?
No.
Un reciente documental, de gran calado sociológico, analiza la realidad de la vida en Suecia, desenmascarando un auténtico drama oculto que viven actualmente muchos ciudadanos en ese país. Algunas estadísticas demográficas son desoladoras; revelan que, en la actualidad, uno de cada dos suecos vive solo (es la tasa más elevada del mundo), y que uno de cada cuatro suecos muere en soledad... lo que es más estremecedor... existen muchos cadáveres que no son reclamados por ningún otro ser humano, y personas que fallecen solas en su domicilio y pasa largo tiempo hasta que son identificadas. La situación es tan impactante que hace pocos días un medio de prensa, no precisamente promotor de las ideas de la economía de libre mercado -todo lo contrario-, publicaba una nota en la que abordaba este drama, titulada: "Suecia en caída libre hacia el aburrimiento".
El documental, titulado La teoría sueca del amor (2015) y dirigido por el cineasta ítalo-sueco Erik Gandini no se limita a describir el presente de la situación social sueca sino que rastrea los orígenes de este abismo de soledad y abulia que invade a buena parte de la sociedad. Es aquí donde podemos observar que la respuesta fácil y perezosa que consiste en endilgar al supuesto individualismo liberal la raíz de esta situación se revela claramente falsa. El documental desgrana lo que fue el proyecto de familia pergeñado bajo la tutela del primer ministro (socialdemócrata) Olof Palme[2] en los años setenta. En efecto, en 1972 el gobierno sueco elaboró un programa de gobierno titulado "La familia del futuro: una política socialista para la familia", que se constituyó en un auténtico manifiesto en el que se establecían las directrices de la política estatal para lograr una familia "nueva". El programa buscaba independizar al individuo de los lazos familiares. En efecto, el programa establecía la independencia o autonomía como un derecho humano fundamental: el individuo es un ser autónomo y puede, si así lo quiere, tener una familia pero puede liberarse de "las cargas familiares", que generan dependencia. De este modo, el individuo sueco tendría la "libertad" para definirse solo por las relaciones reales que quisiera establecer mientras que el estado tutelaría y se haría cargo de las otras relaciones que el individuo considerase "gravosas". Un principio fundamental (muy discutible y que revela la escasa profundidad antropológica y ética) de esta concepción consiste en asumir que las "interacciones" se basan en la "independencia".
Veamos un caso concreto: si una mujer se encuentra en pareja con un hombre y depende económicamente de éste, ¿se puede decir que se trata de una relación verdaderamente voluntaria? ¿no supone, acaso, esta dependencia económica una limitación a la voluntariedad de la relación? Según las líneas del manifiesto una relación de este tipo no sería auténticamente voluntaria; de ahí que el estado deba intervenir para dotar de los recursos económicos necesarios para dar mayor "independencia" a los miembros de esa relación. El principio de acción es muy simple: cada ser humano debe sentirse un ser autónomo y no como un apéndice de su tutor, cuidador, pareja o progenitor. Así de sencillo..., el clásico y falaz aut aut que no deja margen para una solución superadora. Para lograr este afán de independencia, auténtico ideal de vida que la clase política insufló en la ciudadanía sueca, debía ser posible generar las condiciones económicas y sociales que ofrecieran la sostenibilidad, de modo que solo se cultivaran relaciones "genuinamente auténticas". Demasiado bueno para ser verdad..., en verdad, demasiado destructivo por no ser ni bueno ni verdadero, y condenado a no durar.
Pasados más de cuarenta años de la aplicación de las políticas sociales inspiradas en el manifiesto, la realidad es que la mitad de la población sueca vive sola y que, según un estudio de la Cruz Roja sueca, el 40%, además, afirma sentirse solo. Y, respecto de la relación entre hombres y mujeres, el ideal de independencia no se detuvo simplemente en la independencia económica. Las mujeres suecas son las mejores clientas de los bancos de esperma existentes. Cryos, el banco de esperma más grande del mundo se encuentra en Dinamarca, y desde allí envía el líquido seminal con un sistema que permite una "aplicación casera" a los distintos domicilios de Suecia. La demanda de los "baby vikings", como se les conoce, supone un mercado en rápido crecimiento.
Esta silenciosa pero radical transformación de la sociedad sueca no pasa desapercibida a los 'outsiders', quienes también padecen las consecuencias de la transformación en el modus vivendi. Se calcula, por ejemplo, que los refugiados que arriban a Suecia tardan una media de siete años en encontrar trabajo y que las pocas relaciones de amistad que logran establecer son principalmente con ciudadanos no suecos. La pregunta común y frase hecha que suelen hacer muchas personas cuando arriban a Suecia es "¿pero dónde están los suecos?"
Cualquier persona medianamente sensata puede intuir lo perverso de todo el asunto y la manipulación que ha debido ejecutar la acción gubernamental sobre nociones básicas como la voluntariedad, la autonomía, la independencia, e incluso sobre la misma noción de relación humana, para llegar a este estado de cosas. Conviene volver una y otra vez al magistral texto de Joseph Ratzinger,"La libertad y la verdad"[3] donde supo intuir qué se esconde detrás de este ideal de autonomía radical, al tiempo que desgrana la estructura antropológica fundamental del ser humano como un ser-de, ser-para y ser-con, único ámbito desde el que se puede ser verdaderamente libre y responsable. Es desde esta estructura antropológica fundamental desde donde el hombre puede sentirse verdaderamente realizado. Se trata de un texto profético, no en vano bebe en la tradición del pensamiento clásico y cristiano, que señala la importancia de la amistad como virtud intensiva, indispensable para tener una vida auténticamente humana. En efecto, aunque uno alcanzara las cimas de la contemplación, no sería verdaderamente feliz si no tuviera un amigo (Cicerón, Francisco de Vitoria). La sociedad sueca diseñada por la tecnocracia socialdemócrata no supo intuir lo que se perdería si se perdía la sana y genuina interdependencia entre los seres humanos. En una entrevista que se puede observar en el documental, el sociólogo de origen polaco Zygmunt Bauman afirma: "Los suecos han perdido las habilidades de la socialización. Al final de la independencia no está la felicidad, está el vacío de la vida, la insignificancia de la vida y un aburrimiento absolutamente inimaginable". Y un sueco, testigo privilegiado de todo esto da en la clave del problema al afirmar: "Que el estado de bienestar se esté haciendo cargo de nosotros, ese es el problema. Deberíamos estar cuidándonos entre nosotros"[4].
Además, lamentablemente, el manifiesto no es fruto de una idea un tanto alocada de un actor político concreto sino que obedece a la lógica interna de la visión socialista-marxista de la sociedad. Ludwig von Mises no es un autor libre de errores y se pueden cuestionar muchos de sus implícitos antropológicos, no obstante en este asunto, supo intuir con una agudeza casi profética la radical inquina que la cosmovisión socialista tecnocrática manifiesta sobre la concepción de la familia como institución natural. Ahí están sus casi ignorados Socialismo (primera edición 1922) y La acción humana (1949) para el que desee explorar el tema. Ya en el primero de los textos citados von Mises supo ver la íntima relación entre una economía planificada, un estado tecnocrático y el inevitable avance de ingeniería social que actúa erosionando la institución familiar:
"Proposals to transform the relations between the sexes have long gone hand in hand with plans for the socialization of the means of production (...). Marriage is to disappear along with private property. (...) Socialism promises not only welfare-wealth for all-but universal happiness in love as well"[5].
Deseo insistir en que, como se puede observar, el marco conceptual desde el que se buscó dar impulso al individualismo no tuvo ni tiene nada tiene que ver con las bases morales de una economía de libre mercado, sino que obedeció al impulso más básico de la tecnocracia de corte socialista que pretende mediante la ingeniería social definir "de arriba a abajo" el modo en que se debe desarrollar la vida social. Es realmente lamentable la errónea puntuación de causa y efecto que muchas personas religiosas suelen hacer al señalar el individualismo como un efecto de un sistema económico libre cuando, con análisis y estudio sereno, se puede descubrir una y otra vez que gran parte del comportamiento individualista de las sociedades avanzadas obedece a medidas más o menos tecnocráticas llevadas a cabo por el poder gubernamental sobre la sociedad civil. En otra ocasión ya he mencionado la noción de "individualismo delegatorio", que considero fundamental para llevar a cabo un análisis de la vida social de mayor calado y que, tal vez, sea indispensable para leer adecuadamente los males y los signos de nuestro tiempo.
Con afán un tanto provocador, G. K. Chesterton gustaba decir que la familia es una organización "anárquica" (algo que a veces pienso cuando regreso por las noches a mi hogar y veo lo que mis hijos han hecho en el salón). En verdad, con ello señalaba un punto fundamental: en rigor se refería a que no hacía falta un acto gubernamental para que esta cobre existencia y subsista. Se trata de la clásica bipolaridad aristotélica por la que al tiempo que el hombre es un zoón politikón, es un ser "más conyugal que político", es decir, la polis se constituye por familias, que son el soporte y constituyen la base moral pre-política de la vida cívica. Se trata, paradójicamente, de una convicción que hoy apenas sobrevive en buena medida entre algunos pensadores de la tradición liberal clásica, esa que frecuentemente es tan denostada por algunos defensores de la familia, férreos antiliberales. Sería bueno que viajaran a Suecia o que al menos se tomaran un momento para ver el documental citado. Tal vez llegarían a identificar adecuadamente la verdadera amenaza que se cierne sobre la familia hoy en día.
En síntesis, el elixir de una sociedad de individuos (y no de familias, comunidades intermedias, etc.) profundamente aislados entre sí, en donde destaca en un primer puesto claro el individualismo secularizado sueco, como bien muestra el WVS - World Values Survey en su última edición (véase el cuadro nº 1 al final del texto), no ha sido creado por supuestas fuerzas ciegas de una economía de libre mercado. Por el contrario, ha sido causado por la planificación tecnocrática de corte socialista -advertido por Mises hace casi 100 años[6]-, de rechazo radical al carácter socialmente interdependiente de la vida humana, tal como reconoce y acoge la cosmovisión cristiana y la tradición liberal clásica. Celebro la presentación de este documental que ha agregado otro bit de información en esa ingente tarea que supone enseñar que la obsesión o "ideal" por la independencia y la autosuficiencia, y su maridaje con un estado de bienestar que debería de proveer todas las necesidades físicas y materiales termina generando anomia social, apatía, soledad y, en última instancia, alienación y pérdida de sí. Es fundamental que las personas con juicio crítico y una visión trascendente de la vida sepan advertir los agujeros negros existenciales que se generan en la actualidad e identifiquen adecuadamente las causas de estos agujeros.

Cuadro nº 1: Comparación de los valores humanos según dos ejes[7]

EJE VERTICAL INFERIOR: PREPONDERANCIA A VALORES TRADICIONALES.
EJE VERTICAL SUPERIOR: PREPONDERANCIA A VALORES RACIONALES SECULARIZADOS.
EJE HORIZONTAL IZQUIERDO: PREPONDERANCIA A VALORES DE SUPERVIVENCIA.
EJE HORIZONTAL DERECHO: PREPONDERANCIA A VALORES DE EXPRESIÓN DEL PROPIO SELF.
[1] von Mises, Ludwig, "The Social Order and the Family", en Socialism. An Economic and Social Analysis, New Haven, Yale University Press, 1951 (first edition 1922), p. 101.
[2] Palme fue una figura controvertida de la política doméstica e internacional; entre otras cosas posee el dudoso mérito de haber sido el primer jefe de gobierno occidental en visitar Cuba luego de la revolución castrista, y dio un discurso en Santiago de Chile, alabando los procesos revolucionarios de Cuba y Camboya. Aunque socialdemócrata, no se trataba de una figura especialmente moderada.
[3] Véase, Ratzinger, Joseph, "La libertad y la verdad", en Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo, Salamanca, Sígueme, 2003, pp. 200-222.
[4] "That the social welfare state is taking care of us is the problem. We should be taking care of each other".
[5] von Mises, Ludwig, Socialism, p. 87.
[6] "Free love is the socialist's radical solution for sexual problems. The socialistic society abolishes the economic dependence of woman which results from the fact that woman is dependent on the income of her husband (...). Public funds provide for the maintenance and education of the children, which are no longer the affairs of the parents but of society. Mating ceases to found the simplest form of social union, marriage and the family. The family disappears and society is confronted with separate individuals only". von Mises, Ludwig, Socialism, p. 101.
[7] Fuente: http://www.worldvaluessurvey.org.

http://www.expansion.com/actualidadeconomica/analisis/2016/12/16/5853c4c6e5fdeaaf588b463f.html?cid=SMBOSO22801&s_kw=twitter