DOSSIER SOBRE LA ESPITUALIDAD

 


27 noviembre   2025

El rebrote de la espiritualidad

De Rosalía a Nick Cave, pasando por las últimas novedades cinematográficas o ensayísticas, resignificando símbolos litúrgicos y rescatando atributos de calado religioso, una corriente renovada de espiritualidad recorre el mundo. No busca «salvar almas», pero sí sosegarlas y ayudarlas a encontrar su sentido.

Esther Peñas


Un sencillo hábito de monja, blanco (no pardo, azul o negro: blanco, símbolo de pureza e indisociable de la representación de lo divino), con la consabida toca cubriéndole el pelo; brazos que rodean el torso, por dentro de la indumentaria, ceñidos al tejido, y un rostro arrebatado, en pura transverberación, palabra exacta para el éxtasis místico, en el que la llama celestial atraviesa el corazón del devoto. La cubierta del último trabajo discográfico de Rosalía es una suerte de catalizador de una oleada espiritual que lame el paso de una sociedad que se creía inmune a cualquier alternativa al materialismo. Lux, dieciocho temas cantados en catorces idiomas. Lux, que acaso apunta al Ego sum lux mundi, «yo soy la luz del mundo», que san Juan pone en boca de Jesús en su evangelio. En un mundo desfallecido por la emergencia climática, el feísmo, la desfachatez política y la falta generalizada de pudor; un mundo descreído y maltrecho por crisis interminables de múltiples naturalezas, presidido por el ruido, la productividad, las pantallas, la prisa, saturado de estímulos que prenden la ansiedad y tan promiscuo, pareciera haberse encontrado esa grieta a la que cantaba Leonard Cohen en su tema «Anthem», esa grieta por la que entra la luz. Una corriente renovada de espiritualidad nos procura la lumbre y el recogimiento suficientes para encontrar un sentido. A la vida, claro. La propia y la común.

El disco de Rosalía es el ejemplo más reciente. Acaso habría que recordar las palabras del papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud, en Río de Janeiro, en 2013, cuando exclamó a los jóvenes aquello de «¡Hagan lío! ¡Quiero lío en las diócesis, quiero que la iglesia salga a la calle!». La religión no ha dejado de estar presente, con su devenir ciclotímico en cuanto a fervor popular. Basta pensar en las retransmisiones televisivas de la Semana Santa (en especial la que celebró Bergoglio durante la pandemia, cuya radical belleza parecía rodada por el mismísimo Sorrentino), los días festivos que jalonan el calendario, el Día de Difuntos, los insistentes ensayos de Agamben o Recalcatti, las películas de Scorsese o la música góspel que arrecia cada vez que el año expira, como haciendo memoria de que hay que tomar conciencia, por citar un ramillete improvisado de ejemplos.

Pero es una espiritualidad mayúscula la que asoma por los tragaluces más inverosímiles. La espiritualidad sin credo necesario, que tiene que ver con una condición ética (y estética) de estar en el mundo, que contempla aspectos como el amor, la compasión, el perdón y cierta celebración de lo inútil, en tanto el compromiso por aquello que no tiene valor de cambio: los afectos, el mundo sensible. Una suerte de elegancia existencial. Una espiritualidad que rescata las virtudes, que convierten en virtuoso a quien las practica, desplazando a los valores (que no dejan de ser un término bursátil sin adjetivo posible). Una espiritual que se ocupa del alma. «El alma es padre y madre de todas las dificultades no resueltas que lanzamos en dirección al cielo», escribió Jung en sus Memorias, uno de los pensadores que más profundizó en esta práctica, la espiritualidad, que trata de equilibrar la razón instrumental-analítica con la razón sensible, la del corazón, en su decir.

La espiritualidad convoca la esperanza, no como certeza de que algo saldrá bien, sino como la certeza de que la vida tiene sentido, según Jung

La espiritualidad es lo que nos permite enraizarnos a la Tierra, a los otros, al otro, a uno mismo. La espiritualidad convoca la esperanza, no como certeza de que algo saldrá bien, sino como la certeza de que la vida tiene sentido.

Ahí tenemos Byung-Chul Han, reciente Premio Princesa de Asturias de la Comunicación y Humanidades, hablando de la importancia de la oración. Él acude a la Eucaristía y anima al resto a cultivar la espiritualidad en el rezo. No es causal que su último ensayo lleve por título Sobre Dios: pensar con Simone Weill, donde profundiza en el pensamiento de esta judía (después católica) que hizo de la espiritualidad su recorrido vital, proponiendo el vacío, el silencio y la trascendencia como antídoto a una era marcada por la hiperconectividad, hiperactividad e hiperconsumismo.

De Simone Weill habla también la escritora Begoña Gómez en su libro Místicas, de ella y de beguinas (mujeres laicas que convivían en comunidades religiosas) como Margarita Porete, en un ensayo que indaga sobre una experiencia (la de la plenitud con el todo) que procede de lo religioso pero que se encuentra por otras vías. «Mística salvaje», término acuñado por el francés Hulin, refiere ese tipo de vivencias espirituales no sujetas a credo alguno.

El Nobel de Literatura Jon Fosse también nos interpela desde esta vertiente en su texto Misterio y fe, en una conversación con el teólogo Eskil Skjeldal (para Kafka, nos recuerda, «escribir era como rezar»). Asimismo, el británico Simon Critchley acaba de publicar su ensayo Misticismo, donde recala en figuras de la talla de Juliana de Norwich (antecedente directo del arte abstracto, según Victoria Cirlot, quien también ha escrito sobre el asunto), el Maestro Eckart («para la persona que ha aprendido a soltarse y dejar ser, nada puede volver a interponerse en su camino», escribió en uno de sus sermones ese altísimo dominico) o santa Teresa de Jesús (¿por qué usurparle el tratamiento religioso?).

Nick Cave, un incómodo católico, habla con frecuencia de su constante búsqueda espiritual. Su disco Wild God, «Dios salvaje», está entreverado de citas bíblicas y referencias espirituales, como ya hiciera en su anterior trabajo Seven Psalms. En otro orden de cosas, Rigoberta Bandini se convirtió en «Jesucrista Superstar» y las británicas The last Dinner Party enarbolan el Agnus Dei como símbolo de su rock barroco.

Nick Cave, un incómodo católico, intercala en discos citas bíblicas y numerosas referencias espirituales

Si en la película La llamada, Los Javis rodaron un musical en el que lo religioso permitía habitar el mundo de otro modo más puro, intenso (también naif) y espiritual, en Los domingos, Alauda Ruíz de Azúa nos presenta una muchacha cuya felicidad y deseo es convertirse en monja de clausura. Los conventos, como los monasterios, conservan lo que escasea fuera de ellos, como sucede en El juego de los abalorios, de Hesse: silencio, recogimiento, fraternidad, quietud, júbilo.

Si antaño significarse como creyente o espiritual implicaba un mohín de recelo, pareciera que hacerlo hoy es sinónimo de resistencia. Aunque los últimos datos hablen de una sutil subida entre los jóvenes de la práctica religiosa en países como España, Reino Unido e Italia, lo cierto es que es la espiritualidad, más ajena a jerarquías, principios de autoridad, preceptos de obligado cumplimiento, más dúctil a las necesidades de cada cual, quien regresa y resurge y rebrota con hambre de adeptos. Tal vez tuviera razón George Steiner cuando hablaba de esa implacable «nostalgia de Dios», en tanto que trascendencia inherente en la cultura y, sobre todo, en el lenguaje.


Christiancore’: la moda de parecer santa a la que se ha sumado Rosalía

28 octubre    2025

La última tendencia estética no viene del gimnasio ni de la pasarela. Viene del cielo. En redes sociales, la «santa contemporánea» se multiplica entre velos, cruces plateadas y frases bíblicas estampadas en camisetas.


Sandra Bravo Durán


La última tendencia estética no viene del gimnasio ni de la pasarela. Viene del cielo. En redes sociales, la «santa contemporánea» se multiplica entre velos, cruces plateadas y frases bíblicas estampadas en camisetas. Se llama christiancore, y mezcla espiritualidad, ironía y deseo de pureza. Incluso Rosalía, cuya reciente imagen y la expectación en torno a su próximo álbum LUX han reavivado el interés por la imaginería católica, parece haberla abrazado.

Lo sagrado se ha vuelto tendencia. Y cuando la fe se convierte en filtro, la frontera entre devoción y performance se vuelve difusa.

De los altares al algoritmo

El término christiancore comenzó a circular en TikTok a mediados de 2023, impulsado por comunidades jóvenes que compartían imágenes de vírgenes, iglesias y frases como «God’s favorite» o «Heaven sent». Medios como Highsnobiety o Dazed lo consagraron como «la nueva religión estética» del momento: una mezcla entre fervor, ironía y búsqueda de autenticidad.

En esencia, el christiancore convierte los símbolos del cristianismo –velos, cruces, túnicas blancas o frases bíblicas– en lenguaje visual. Es una forma de espiritualidad estilizada que transforma la fe en imagen y la devoción en estética, reflejando el deseo de hallar significado en un entorno dominado por la apariencia.

El ‘christiancore’ convierte los símbolos del cristianismo en lenguaje visual




No es casual. En un mundo saturado de estímulos, donde cada deseo se convierte en contenido y cada emoción en story, el christiancore ofrece una pausa simbólica: un gesto de recogimiento visual. Sus protagonistas no visten religión: visten significado.

El retorno de lo sagrado

La fascinación por lo religioso en la cultura pop no es nueva. Desde la llamada «era católica» del pop –a la que se sumaron en su momento Madonna, Lady Gaga y Rosalía ya con El mal querer– hasta la exposición Heavenly Bodies del Metropolitan Museum en 2018, la estética litúrgica ha seducido a diseñadores y artistas.

El sociólogo Émile Durkheim definía la religión como el mecanismo que divide el mundo entre lo sagrado y lo profano, un sistema que permite a las sociedades dotarse de sentido.

Hoy, esa frontera se diluye: lo sagrado reaparece en forma de estética y lo profano se espiritualiza a través del algoritmo. Aunque la práctica religiosa institucional se debilita, la fe sigue presente bajo nuevas formas. Según el Pew Research Center (2025), en una muestra de 35 países, una media del 83% de los adultos afirma creer en Dios o en un «ser superior», mientras que la participación en servicios religiosos regulares cae con frecuencia a cifras mucho menores –en Europa occidental, por ejemplo, la asistencia semanal apenas alcanza o desciende por debajo del 25%.– A escala global, se estima que el 76 % de la población se identifica con alguna religión, pero solo una parte minoritaria mantiene prácticas activas.

Esta paradoja revela que, mientras la devoción disminuye, la estética de lo sagrado resurge como patrimonio cultural y recurso simbólico. Su poder visual no es casualidad: durante siglos, la Iglesia utilizó el arte para enseñar, emocionar y transmitir su mensaje. En el Barroco, pintores como Murillo o Zurbarán crearon imágenes capaces de acercar lo divino a lo humano, transformando la fe en una experiencia sensorial a través de la luz, el color y la composición. Como explica el Museo del Prado, la imagen sagrada servía para instruir a una sociedad que apenas sabía leer. Esa tradición visual moldeó la sensibilidad colectiva del catolicismo y hoy reaparece, transformada por la cultura digital: los templos son pantallas, los altares algoritmos, y los símbolos de fe se reinventan como filtros que prometen sentido en un mundo saturado de imágenes.

Max Weber veía en la religión un motor de racionalización del mundo: una fuerza que daba orden y sentido a la vida social. Hoy ocurre justo al revés: el misterio se vuelve espectáculo. Vivimos una estetización de lo sagrado, donde lo trascendente se traduce en imagen, lo espiritual en estilo y la fe se muestra más que se practica.

Y sin embargo, el éxito del christiancore no habla de cinismo, sino de carencia. De una necesidad de trascendencia en una cultura que ya no sabe detenerse.

Santas del algoritmo: del ruido al recogimiento

Entre tanto ruido actual –redes, tareas, eventos sociales, crisis, guerras–, emerge una estética que busca silencio: una espiritualidad visual que traduce el agotamiento en recogimiento. El velo, el crucifijo o el blanco monacal funcionan como refugios simbólicos frente al vértigo digital, como si vestirse de santa fuese una forma de reconectar con lo esencial.

Entre tanto ruido actual emerge una estética que busca silencio

En este contexto, Rosalía encarna el tránsito de una pop star a una figura mística. Su reciente imaginería –entre monja, musa y penitente–, reforzada por la estética previa al lanzamiento de LUX, no es devoción: es búsqueda. Como ella misma confesó en su entrevista en Radio Noia, le atrae «la idea de vivir en clausura, como una monja, centrada solo en crear y encontrar la paz».

Una declaración que condensa el espíritu del christiancore: el deseo de desconexión y de sentido en medio de la saturación.

Fe, identidad y mercado

La espiritualidad, sin embargo, también llega al mercado. Dentro del ecosistema core –abreviatura que agrupa subculturas estéticas como cottagecore, balletcore o blokettecore–, cada tendencia traduce un estado emocional colectivo. El christiancore simplifica la fe y la convierte en lenguaje visual: una espiritualidad portátil, wearable, accesible y replicable.

Aquí, la religión ya no organiza la vida social, sino que se fragmenta en microexperiencias visuales, donde la fe se estetiza y se consume. La trascendencia se privatiza, la comunidad se disuelve y lo espiritual se vuelve accesorio.

Como advertía Pierre Bourdieu, el campo religioso se reconfigura en campo simbólico: la fe se mide en capital cultural y la estética sustituye al dogma.

En la era del branding personal, el símbolo religioso ya no apunta hacia el cielo, sino hacia el yo. El crucifijo es accesorio; la santidad, pose. Y el altar ha sido sustituido por la cámara frontal. El mercado ha entendido que la fe también vende.

Surgen marcas del llamado faith-based apparel –moda inspirada en la fe– como God is Dope o Elevated Faith, que combinan lenguaje evangélico y estética urbana: tipografías góticas, ángeles bordados o frases sobre Dios. La lógica de los drops (lanzamientos limitados de ropa que generan deseo por escasez) convierte lo divino en producto.

En palabras de Karl Marx, la religión –y ahora su estética– puede funcionar como una ilusión reconfortante: una forma de espiritualidad al servicio del capital.

Del ruido al recogimiento

Pero el christiancore no es una moda superficial: es un síntoma. Habla de una época que, agotada por la saturación, busca trascendencia entre pantallas. Numerosos estudios muestran que la generación Z ha dejado de confiar en las instituciones –políticas, mediáticas y religiosas–, pero no ha renunciado al deseo de creer.

Según el informe Gen Z & Grievance, el 58% de los menores de 30 años expresa un «grado moderado o alto de queja» hacia las instituciones, reflejando una profunda desafección. Y sin embargo, el Springtide Institute señala que más del 70 % de los jóvenes se consideran espirituales. Esa brecha entre desafección y anhelo explica el auge de lenguajes estéticos como el christiancore: intentos de vestir el vacío de sentido con símbolos que aún prometen redención.

El filósofo Byung-Chul Han en No-cosas lo resumió con precisión: «cuantas más informaciones producimos, menos sentido tenemos». En un mundo saturado de imágenes, la generación Z busca símbolos que devuelvan profundidad al gesto. Lo sagrado se vuelve estética, la fe se hace visible, y la moda se convierte en un nuevo lenguaje espiritual.

Rosalía y los adeptos a esta tendencia no visten religión: visten significado. Nos recuerdan que, incluso en la era del algoritmo, la belleza y la fe comparten una misma raíz: la búsqueda de sentido.

Y quizá ese sea, también, el punto en el que se encuentra hoy la moda.


Sandra Bravo Durán es socióloga y Doctora en Creatividad Aplicada, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología. Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

https://ethic.es/christiancore-moda-parecer-santa-rosalia?_gl=1*yukyn5*_up*MQ..*_ga*MTU1MDg4ODc1Mi4xNzY0MjY1MDU3*_ga_0LL6WCT924*czE3NjQyNjUwNTYkbzEkZzEkdDE3NjQyNjUwNjQkajUyJGwwJGg5NzI0NzQ0MzE.

Espiritualidad, fe y salud mental

18 octubre    2024

Religión y salud mental están más relacionadas de lo que parecen, ya que la espiritualidad dota de un sentido de trascendencia y pertenencia que mejora el bienestar emocional.

Patricia Fernández Martín


Encontrar el sentido de la vida es algo central durante la existencia. Nietzsche decía que aquel que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo. El sufrimiento, la falta de esperanza, los problemas de salud o las pérdidas pueden crear una fuerte sensación de vacío. La religión y el cultivo de la espiritualidad dan propuestas para encontrar un significado a los malos momentos.

Un estudio de la Fundación Ferrer i Guardia señala que cuatro de cada diez españoles se consideran agnósticos, ateos o no creyentes, mientras aumentan las creencias en nuevas espiritualidades. Aunque parezca que vivamos en un mundo secular y posmoderno en nuestra burbuja occidental, lo cierto es que la mayor parte de la humanidad sigue teniendo algún tipo de creencia religiosa. Hay estudios que indican que más del 90% de la humanidad sigue creyendo en Dios. Los que tienen fe religiosa alegan varias razones por las que consideran que es tan importante para ellos. Por una parte, les ofrece una dirección en la vida. Les proporciona esperanza y resiliencia en tiempos difíciles, al facilitarles un sentimiento de comunidad y conexión con otros favoreciendo la pertenencia a un grupo. Lo definen como algo que les guía en sus decisiones morales y éticas. Refieren que les ayuda a darle un sentido ante la muerte y les aporta cierta trascendencia y paz interior.  Los que no creen ni tienen un fuerte sentimiento religioso afirman que la religión les ha decepcionado, que no comulgan con los rituales ni las estructuras religiosas, que les parece algo alejado de la realidad, que les indigna las injusticias del mundo y que les irrita la superioridad moral de las personas con sentimientos firmes religiosos. A su vez, confiesan que se encuentran con más dificultades a la hora de procesar los momentos malos de vida o las crisis vitales y que, aunque desearían creer en algo porque les parece vivir de manera más cómoda, es algo que no pueden forzar.

El número de estudios que relacionan la espiritualidad, religiosidad y la salud mental ha aumentado en las últimas décadas. En ellos, se ha utilizado el término «espiritualidad» para abarcar no solo la práctica religiosa tradicional en entornos comunitarios, sino también actividades individuales como la oración o la meditación, que acercan a las personas a un ser superior. En general, los estudios encuentran que hay una relación positiva entre religiosidad, espiritualidad y mayor bienestar emocional y tasas más bajas de ansiedad y depresión entre los creyentes.

Algunos estudios demuestran que hay mayor bienestar emocional y tasas más bajas de ansiedad y depresión entre los creyentes

Pero los mecanismos por los cuales la espiritualidad o la religiosidad afectan a la salud mental aún no están del todo claros. Parece que las razones tienen que ver con que quienes asisten a misa o a reuniones similares desarrollan un sentido de pertenencia, una conexión con la comunidad y la sensación de pertenecer a algo más grande. Esta necesidad de pertenencia es señalada por Roy Baumeister como motivación básica humana. También el mayor bienestar mental se puede relacionar con la importancia de los rituales.  Al ser humano le asusta la incertidumbre, y los rituales religiosos o espirituales dan cierta ilusión de control y seguridad que ayuda a controlar lo incontrolable

Otros autores relevantes han profundizado en estas ideas. Martin Seligman definió la espiritualidad como una de las veinticuatro fortalezas del carácter. Para él, significa que posees una creencia sólida y firme en un propósito superior que puede ayudar a que uno se sienta bien. Boris Cyrulnik, neurólogo, psiquiatra y psicoanalista habla de la salud espiritual como una dimensión fundamental de la salud y el bienestar general de las personas. Los seres humanos tienen, según él, de manera inevitable un sentimiento de espiritualidad trascendencia al que la cultura va dando forma. En el libro Psicoterapia de Dios se pregunta cómo es posible que la mayoría de la humanidad siga creyendo en la existencia de un ser superior, al cual se acercan con rituales tan diferentes. Su teoría es que se ama a Dios como se ama a la propia madre. Sería algo así como una declaración de amor que nace como resultado de la interacción entre las primeras figuras de apego en la primera infancia y la transmisión del sentimiento religioso. Por eso, cuando esos niños son adultos y se encuentran ante las adversidades de la vida, ese sentimiento religioso resulta ser un factor importante de resiliencia. En su práctica clínica, ha observado cómo seres humanos sometidos a situaciones de estrés transforman el sufrimiento en algo más adaptativo cuando empiezan a creer.

Chesterton decía que cuando el hombre dejaba de creer en Dios pasaba a creer en cualquier cosa. El experto en psicología evolutiva Pablo Malo opina que el ser humano no se va a librar nunca de la religión. En su opinión, al haberse dejado de creer en Dios en parte de la cultura occidental, estamos convirtiendo todo en una religión: el fútbol, la ideología política… Da igual el motivo: lo importante es que sea algo que te puede dar un sentido de pertenencia y la posibilidad de formar parte de algo más grande que uno mismo. En palabras de Jorge Wagensberg, «un individuo puede vivir perfectamente sin religión. Sin embargo, es mucho más difícil que un colectivo humano sobreviva sin ella».

La búsqueda del sentido de la vida es una necesidad evolutiva que todos los seres humanos tienen, ya que permite imaginar un futuro con sentido y esperanza

La búsqueda del sentido de la vida es una necesidad evolutiva que todos los seres humanos tienen, ya que permite imaginar un futuro con sentido y esperanza. Los que tienen fe o unas creencias espirituales pareciera que lo tuvieran más fácil para este propósito. La religión y la espiritualidad aparecen como factores de protección para una buena salud mental según los estudios y ayudan a aumentar el bienestar emocional, debido a que fomenta el sentimiento de pertenencia y ayuda a evitar la soledad y el aislamiento, que son factores de riesgo negativos para la salud mental.

El desafío, tanto para los que tienen fe como para los que no lo tienen, consiste en cómo dirigir esas necesidades evolutivas básicas (el deseo de pertenencia a algo más grande que uno mismo, el deseo de trascendencia, el deseo de dotar de sentido a las pérdidas y al sufrimiento inherente a la vida) hacia una causa que les dé sentido y que sea compatible con respetar al otro, sin deshumanizarlo ni verlo como a un enemigo.

 

https://ethic.es/2024/10/espiritualidad-fe-y-salud-mental/?_gl=1*1ah82*_up*MQ..*_ga*MTU1MDg4ODc1Mi4xNzY0MjY1MDU3*_ga_0LL6WCT924*czE3NjQyNjUwNTYkbzEkZzEkdDE3NjQyNjU3ODMkajYwJGwwJGg5NzI0NzQ0MzE.

Hacia una revolución espiritual para el futuro de la democracia

22 octubre   2019

¿Cómo podemos transformar unas instituciones vacías en una democracia realmente definida por valores humanistas? ¿Cómo podemos plantarle cara al poder egoísta para dar prioridad a la moral y a la ética en el actual sistema?



Elena Herrero-Beaumont      @ElenaHeBe

A sus 94 años, el sociólogo francés Alain Touraine camina despacio con su bastón con una dignidad y elegancia llamativas. Nos encontramos en Oxford, en la conferencia anual organizada por The Altius Society(*), que este año aborda el tema del futuro de la democracia y el nuevo contrato social. El gran experto en lo que se ha llamado sociología de la acción ve clara una tensión insoportable entre dos caras contradictorias de la sociedad moderna actual: poder y democracia. Para el francés, no vivimos en una democracia real, sino en un sistema donde los ricos y poderosos atacan vidas.

El poder, la influencia y el dinero son grandes motivaciones en el ser humano. Son motivaciones primarias de un ego aterrado ante el pronóstico de una existencia efímera, incierta y sufrida. El sistema capitalista actual las está alimentando de manera exponencial, contribuyendo a generar un mundo salvaje donde reina la desigualdad económica y social, pero también la enfermedad mental, la angustia, la depresión y el sinsentido.

Para Touraine, las instituciones que han mediado hasta ahora para equilibrar los abusos de poder son instituciones vacías. Donald Trump encarna como nadie el símbolo del poder desenfrenado frente a un orden institucional tambaleante que, otrora, había preservado un cierto equilibrio en Estados Unidos. La gran cuestión que plantea el francés es cómo podemos transformar estas instituciones vacías en una democracia realmente definida por valores humanistas. ¿Cómo podemos plantarle cara al poder egoísta para dar prioridad a la moral y a la ética en el actual sistema?

El declive de la religión

Tradicionalmente, la religión ha logrado organizar de manera efectiva los aspectos cívicos de una comunidad, con sus aciertos y desaciertos. Todos conocemos el lado oscuro de la religión organizada, pero también los aspectos positivos. El lenguaje religioso utiliza mitologías, símbolos y narrativas que nos mueven emocionalmente y nos motivan de tal manera que terminamos siguiendo con rectitud los códigos religiosos de comportamiento. Pero en el paso del mito al logos estas narrativas dejan de funcionar.

«Para Touraine, las instituciones que han mediado hasta ahora para equilibrar los abusos de poder son instituciones vacías»

Las encuestas demuestran una tendencia general, y es el claro declive de la religión oficial en la mayor parte del mundo, excepto en países islámicos. Estamos, sin duda, ante una creciente secularización en el mundo occidental. En el caso de España, la religión era importante para el 50% de la población en 1990, mientras que 20 años después, en 2011, un 67% de la población se considera no religiosa, según los datos recogidos por el World Values Survey. Lo comprobamos a menudo cuando preguntamos a nuestros amigos y cercanos, «¿eres católico?» y la respuesta suele ser, «bueno…sí de nacimiento, pero no soy practicante». Parece que la gente está de acuerdo con lo que dijo hace unos días el recién premiado Nobel de Física, Michel Mayor: «No hay sitio para Dios en el Universo».

Sin embargo, el anhelo espiritual pervive en nosotros. Según Jonathan Rowson, autor del informe Revitalizando la espiritualidad para afrontar los retos del siglo XXI, comisionado por la RSA de Londres, «la mayor parte de la gente se autodefine como espiritual sin saber qué significa eso exactamente».

Una espiritualidad común como alternativa

Touraine dejó claro que la religión no es el camino, pero no nos ofreció una respuesta alternativa de cómo hacer esa transformación. De cómo dar prioridad a una genuina motivación humanista por encima de la gran motivación de ganar más dinero, de acumular más poder en las empresas o de amasar un mayor reconocimiento social. Fueron cuatro ilustres CEOs, de trayectorias profesionales dispares y con vocaciones religiosas diferentes los que trataron de arrojar algunas respuestas.

«Peter Atkins, profesor emérito de química de Oxford y profusamente ateo, dijo que la ciencia es el único camino posible»

Peter Atkins, profesor emérito de química de Oxford y profusamente ateo, dijo sin tapujos que la ciencia es el único camino posible. Tachó la religión por no ser más que una ilusión, con un estímulo psicológico muy poderoso, pero que evoluciona siempre en alguna forma de tiranía. Para Sean Hinton, el CEO del Soros Economic Development Fund y de tradición Baha’i, el impulso religioso o espiritual ha sido la única fuerza cívica en la construcción de una ética dentro de las comunidades. No tenemos una experiencia previa que nos haya permitido soldar un propósito común sin espiritualidad y más concretamente sin religión. Ambas responden a la cuestión del «por qué» de una manera que motiva una conducta social positiva que respeta lo sagrado de la vida humana. El CEO del FutureWorld FoundationSean Cleary, planteó la gran cuestión de cómo encontrar una base común de donde emanen las normas para estructurar la acción colectiva en la democracia del futuro. La base puede ser la ética de Aristóteles o alguna de las religiones existentes, pero esto es secundario a la cuestión principal. Para Garry Jacobs, CEO del World Academy of Arts and Sciences, es necesario desarrollar una ideología colectiva que trascienda el materialismo de la ciencia y el sectarismo de la religión ortodoxa. Hay que encontrar los valores humanos universales eternos.

La idea de un movimiento global de consciencia humana está comenzando a dar signos. Lejos de movimientos new age, como el que podría representar la política norteamericana Marianne Williamson, existen iniciativas humanistas, que buscan ir más allá de la maximización de beneficios, como podría ser el movimiento del Capitalismo Consciente. En este sentido Jacobs aplaudió la reciente iniciativa de las Naciones Unidas de auspiciar un grupo de trabajo sobre Conciencia y Capital. Son estos pequeños inicios los que culminan en grandes transformaciones.


(*) The Altius Society fue cofundada en 2012 por Alex Pérez y Carlos Blanco con el objetivo de mejorar el futuro de la humanidad. Desde su primera edición han asistido más de 10 Premios Nobel, entre otros conferenciantes de prestigio, provenientes de diversas disciplinas y generaciones.


https://ethic.es/2019/10/hacia-una-revolucion-espiritual-para-el-futuro-de-la-democracia/?_gl=1*wx1nsd*_up*MQ..*_ga*MTU1MDg4ODc1Mi4xNzY0MjY1MDU3*_ga_0LL6WCT924*czE3NjQyNjUwNTYkbzEkZzEkdDE3NjQyNjYxMDckajYwJGwwJGg5NzI0NzQ0MzE.

Después de la crisis

Después de la crisis
 
   
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¿Qué ocurre con la vida social durante y después de una crisis económica? ¿Qué nos espera cuando salgamos de la actual y qué transformaciones mostrará nuestra sociedad? ¿Quiénes serán los promotores de esta renovación: los consumidores, las clases oprimidas, los partidos políticos, los intelectuales, las mujeres? A estas preguntas responde de manera contundente Después de la crisis, texto dirigido a los nuevos protagonistas de eso que Alain Touraine ha denominado "situación postsocial", en la que el sistema económico global, apoyado en recientes técnicas de comunicación, está cada vez más dirigido por el capitalismo financiero. Para el autor, estos actores ya no organizados verticalmente. como los partidos políticos o los sindicatos, sino horizontal- mente deben colocarse por encima de la realidad económica y social, en un nivel por lo menos igual a aquel en el que se formó este sistema económico globalizado, y apelar a los derechos universales de todo ser humano: a la existencia, a la libertad y al reconocimiento por los demás de esa misma libertad. La estructura y el estilo de este inquietante ensayo convencerán al lector de la importancia de replantear nuestra forma de producir y consumir, a fin de garantizar la sustentabilidad ecológica y el respeto a las libertades y los derechos humanos. Retroceder ante tal tarea y limitarse a poner orden en la vida económica, sostiene Touraine, no puede más que llevar a fracasos y a nuevas crisis.



Espiritualidad filosófica

Espiritualidad filosófica
 
   
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Si bien la experiencia religiosa puede ser espiritual, no toda intención espiritual debiera ser sometida a los estándares de la religiosidad. La actitud mística puede encontrarse en la filosofía o la indagación racional. Tal y como muestra Héctor Sevilla, el paradigma de la vacuidad es propio de quienes han hecho de su vida una prosa donde las preguntas son superadas por el silencio. En ese estado, incluso la idea de despertar deberá ponerse en duda.

Espiritualidad filosófica aborda, en primer lugar, el pensamiento sobre lo real, lo ilusorio y lo verdadero ofrecido por el famoso filósofo budista Nâgârjuna. A continuación, el texto ofrece distintos análisis de las contribuciones de Shamkara, encomiable pensador hindú de la no-dualidad. Por último, la obra alude ampliamente a la racionalidad espiritual de Nishitani, clímax de la escuela filosófica de Kioto.

Con su análisis, el autor nos muestra cómo el auténtico amor a la sabiduría puede cooperar en la recuperación de la consciencia del ser humano contemporáneo, enraizado en una sociedad tan dispersa que ha perdido la atención hacia lo esencial.


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