17 marzo 2026
Fina Birulés
«La responsabilidad política no tiene que ver solo con la acción, sino también con la comprensión del presente»
Ha dedicado su vida a la filosofía. Profesora de la Universidad de Barcelona, Fina Birulés es miembro del Seminario Filosofía y Género de ÀDHUC (Centro de Investigación Teoría, Género, Sexualidad) de la Universidad de Barcelona y del Grupo Arendtiano de Pensamiento y Política. Una de las máximas expertas en Hannah Arendt, a la que ha dedicado distintos ensayos, entre los que cabe destacar ‘Hannah Arendt: el món en joc’ (Arcàdia), ‘Hannah Arendt: Llibertat, política i totalitarisme’ (Gedisa) o ‘Hannah Arendt. El orgullo de pensar’ (Gedisa). Autora también de ‘Entreactos: En torno a la política el feminismo y el pensamiento’ (Katz) o de ‘L’embolic del gènere. Per què els cossos importen?’, libro en el que también participan Judith Butler y Marta Segarra y publicado por el CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona), donde ha dado más de una conferencia.
Hannah Arendt citaba a menudo la frase de Faulkner que dice: «El pasado nunca muere, ni tan siquiera es pasado».
Esta frase de Faulkner es muy interesante y también un poco críptica. Parece ser que, actualmente, el pensamiento de Arendt interesa muchísimo, por lo menos a los editores. Y ahora Arendt está en boca de todos, para bien y para mal. En mi opinión, su pensamiento tiene la virtud de no tener una voluntad de construir un sistema, sino de intentar encarar los sucesos del presente. Nos invita a revisitar el pasado, prestando atención a cómo se configuran los discursos que lo gestionan y en el mismo gesto nos recuerda que el pasado forma parte del mundo. Esto es algo que se percibe con claridad en su interés por el auge de los regímenes totalitarios; para comprenderlos, ella mira hacia atrás, al siglo XIX. No se trata de encontrar las causas directas, sino de ver cuáles fueron elementos que cristalizaron en la emergencia de los totalitarismos. Y Arendt analiza, dos elementos ya existentes, el antisemitismo del siglo XIX –no el antisemitismo tradicional– y el imperialismo, que la nueva forma de dominio totalitario iluminó retrospectivamente. Por tanto, el gran valor de Arendt es su preocupación por pensar el presente a partir del pasado, por iluminar los sucesos del presente a través de los sucesos del pasado y, al mismo tiempo, iluminar los sucesos del pasado a través del presente.
Es decir, nos sigue enseñando a mirar nuestro presente, donde esos totalitarismos parecen estar replanteándose.
La pregunta es hacia dónde mirar hoy, porque el contexto es más bien complicado. Yo no soy Arendt, pero creo que lo que nos diría es que tenemos que prestar atención al carácter específico de los acontecimientos de hoy. Es decir, lo fácil es dejarse llevar por todo lo que se ha pensado antes y seguir la lógica de sucedido en el pasado; sin embargo, siguiendo a Arendt, de lo que se trata es de pensar la especificidad de esta dinámica que hace posible el triunfo de la ultraderecha, que hace posible el auge de la mentira –todos sabemos que se miente, pero parece que no importa–, y la destrucción de los compromisos internacionales. Nos toca a nosotros intentar comprender la especificidad de lo que está sucediendo.
«La comprensión no es otra cosa que intentar dar sentido a los hechos que nos toca vivir»
Y comprender, dice Arendt, es asumir responsabilidades.
La comprensión no es otra cosa que intentar dar sentido a los hechos que nos toca vivir. Para Arendt la comprensión es un proceso inacabable que nos acompaña a lo largo de toda la vida, porque es el intento constante de hacer inteligible lo que sucede. En este sentido, no se puede ser indiferente a la realidad sin convertirla en ininteligible. De ahí que la comprensión y la responsabilidad estén relacionadas, porque la responsabilidad política no tiene que ver solo con la acción, sino también con la comprensión del presente.
De ahí la importancia del concepto de «natalidad» vinculado a la posibilidad de nuevos inicios que rompan con las lógicas y las dinámicas del pasado y que permitan un cambio.
En el caso de Arendt, el concepto de natalidad cumple una función muy importante que, a veces, se olvida. Implica ir a la contra de la tradición filosófica predominante que toma la mortalidad como metáfora de la finitud humana. Y no solo Heidegger con su «ser para la muerte». Es una larga tradición que viene de la filosofía griega. Arendt presta atención no al carácter mortal de los humanos, sino a su condición natal. Nacer para Arendt tiene que ver con interrumpir, irrumpir, con aparecer por primera vez ante los otros; entrar a formar parte de un mundo común. En este sentido, el concepto de natalidad puede leerse como matriz de la acción política dentro de un mundo de apariencias. Platón consideraba que las apariencias eran la realidad falsa, mientras que Arendt sostiene que, en el ámbito de la política, el mundo es un espacio de apariencias, un espacio en el que se aparece. De ahí que el concepto de «nacer» tenga la virtud de recordarnos que nacemos en un mundo que ya existía antes de que nosotros llegáramos, un mundo que nos es previo. Por tanto, el pensamiento de Arendt no es un pensamiento centrado en la idea de sujeto, sino en la idea de mundo y su contingencia. Siempre nacemos en un marco de relaciones que nos precede y, por tanto, nuestra acción se inserta en este marco sin que nosotros sepamos del todo qué lazos establecerá y qué resultados obtendrá. En otras palabras, para Arendt, actuar políticamente es actuar sin garantías, sin saber las consecuencias o los resultados de nuestras acciones
Ahora todos hablan de la necesidad de consenso, sin embargo, Arendt alertaba que el consenso puede ser sinónimo de falta de libertad.
Con su concepto de pluralidad, Arendt se sitúa lejos de las ideas de pluralidad y diversidad que se defienden ahora. El mundo es lo que está entre nosotros, lo que nos relaciona y nos separa y la pluralidad permite la pervivencia del espacio de las apariencias. Sin este espacio no podemos ver desde perspectivas distintas la misma cosa, entonces no hay pluralidad. Es interesante lo que postula Arendt: dice que no se trata de llegar a consensos ni a acuerdos definitivos, sino que se trata de establecer compromisos. Por esto, ella toma como modelo la facultad de hacer y mantener promesas y apuesta por las alianzas mutuas y no por la delegación de nuestro poder para que otros nos representen y nosotros obedezcamos. La política en Arendt tiene que ver con la participación, con la acción concertada, y no con la representación.
En su ensayo Entractos usted afirma que el carácter subversivo de la diversidad no reposa únicamente en la multiplicación numérica.
Sí, es cierto. Arendt no era una pensadora sistemática, por lo que revisa, desplaza, reformula las categorías de las que se ha dotado; como si sus reinicios y repeticiones fueran el signo de su dejarse interpelar por los acontecimientos y de sus tentativas de responder a las experiencias con las que se vio confrontada. Por ejemplo, cuando en el célebre epílogo a su crónica sobre el juicio de Eichmann corrige a los jueces y dice que la razón del veredicto debía haber radicado en el hecho de que Eichmann se permitió de decidir con quién quería que compartir la tierra, en este sentido, el crimen fue un delito contra la condición humana de la diversidad, de la pluralidad, perpetrado en el cuerpo del pueblo judío. A partir de ahí Arendt repiensa la noción de diversidad ya no como pluralidad política sino como expresión del hecho de que los individuos son únicos y diversos. Al mismo tiempo, ella sostiene que no toda convivencia es política: si nos fijamos, lo que nos dice es que la política no tiene nada de natural, es decir, que no cualquier forma de relación o de convivencia son políticas. Y cuando dice esto no se refiere solo a la convivencia dentro de un campo de concentración o de exterminio, sino también de la convivencia dentro del marco familiar Porque para ella la política implica cierto artificio, un espacio «entre» que antes no existía, ya sea a través de nuevas relaciones o de nuevas instituciones. La política es el espacio entre iguales en el que es posible la libertad, concepto sobre el que vale la pena volver sobre todo ahora…
«A las mujeres siempre nos han cuestionado el hecho de buscar nuestro propio lugar escapando de los espacios que se nos habían asignado»
Cuando todos se llenan la boca hablando de libertad.
Cierto. Para Arendt, la libertad es un concepto que tiene que ver con la posibilidad de no tener un lugar asignado y, por tanto, la posibilidad de desplazarse a la búsqueda de un lugar, real o simbólico, desde el cual mirar el mundo. A las mujeres siempre nos han cuestionado el hecho de buscar nuestro propio lugar escapando de los espacios que se nos habían asignado. La libertad tiene que ver con nuestras acciones y pasiones, con el control sobre nuestro propio cuerpo, con nuestros movimientos reales o simbólicos, con no hacernos encontrar donde nos esperan, es decir, con la posibilidad de distinguirnos, singularizarnos, que haya formas diversas de feminidad en un espacio común.
Hablando de relaciones políticas, Arendt habla de la amistad, concepto que, en los últimos tiempos, está siendo revisado desde un punto de vista político.
Está la amistad política y está la amistad de los amigos personales. Es cierto que dentro del feminismo ha habido mucha amistad política, ha habido muchas relaciones que no estaban tejidas alrededor de un partido político, sino que eran entendidas como relaciones no fraternales. Arendt ha interesado al feminismo, si bien ella no era feminista, porque plantea la política como un espacio de relaciones entre diferentes, pero igualitarias. Ella está muy interesada en el movimiento estudiantil, en el 68, en las protestas contra la guerra de Vietnam o en los disidentes de los países del este de Europa. Pero son preocupaciones y debates que han tenido lugar en los márgenes y, ahora mismo, no sé si hay márgenes o espacios en los que se den formas inesperadas de participación política.
¿Ya no los hay?
Me cuesta pensar desde dónde se puede intervenir ahora. Estamos en un contexto en el que todo son crisis, pero si todo es crisis, entonces ¿hasta dónde la categoría de crisis nos ayuda a pensar, a diagnosticar? No se trata de ser pesimista, porque, como dice Arendt, los fatalistas y los optimistas comparten una gran indiferencia hacia la realidad, porque, pase lo que pase, o todo va mal o todo irá bien.
«Si todo es crisis, entonces ¿hasta dónde la categoría de crisis nos ayuda a pensar, a diagnosticar?»
Del recorrido intelectual de Arendt, hay que destacar su interés por la literatura.
Sí, porque ella está convencida de que gran parte de la aproximación desde las ciencias sociales es una justificación de todo lo que sucede, es una búsqueda de las causas y, por tanto, una forma de justificación, pero no dice la complejidad ni la contingencia, algo que sí hace la literatura. Si repasas su libro Los orígenes del totalitarismo, te encontrarás con una gran cantidad de referencias literarias. Dedicó textos a autoras como Karen Blixen, una autora fantástica que interesó a Arendt sobre todo porque su obra le permitió pensar el relato como herramienta crítica en una época en el que hilo de la tradición se ha roto de modo irreversible.
Arendt es una autora que interesó al feminismo, pero que no se definió como feminista. ¿Cómo era su relación con el feminismo, teniendo en cuenta de que era contemporánea de Simone de Beauvoir?
Si lees la correspondencia de Arendt con Mary McCarthy, con quien mantenía una estrecha amistad, verás que la relación con Simone de Beauvoir no era muy buena. Independientemente de esto, Arendt era plenamente consciente de los problemas que rodean a la mujer y del movimiento feminista. Ella estaba cansada de que se la destacara siempre como la «primera mujer que…». De hecho, en uno de los obituarios que se hicieron a su muerte se cuenta que, en ocasión de las conferencias de Princeton, al ser preguntada cómo se sentía al ser la primera mujer en participar en ese prestigioso ciclo de conferencias, contestó: «Hace ya muchos años que estoy acostumbrada a ser mujer». En diversas ocasiones evita ser catalogada de mujer excepcional, dado que, si se acepta ser una excepción, se acepta también la norma de la cual se es excepción. Dicho esto, Arendt no hace ningún tipo de militancia y es contraria a pensar el movimiento feminista como un movimiento político de la misma manera que es contraria a definir el Black Power como un movimiento político.
¿Por qué?
Porque entiende que la política es el espacio de la pluralidad y que los movimientos de emancipación no son políticos porque son la emancipación de algunos por parte del dominio del otro. Especialistas afroamericanos de la obra de Arendt la han cuestionado al respecto y con buen criterio, se preguntan por qué entonces consideró que los judíos perseguidos en Europa sí representaban un movimiento político.
En las páginas finales de su ensayo Entreactos, separa el pensamiento feminista del pensamiento femenino.
Esta división viene del trabajo que durante años hemos hecho en el seminario Filosofía y Género con el objetivo de recuperar las filósofas, fueran feministas o no. Es decir, nuestra voluntad era la de recuperar a estas filósofas, pero no hacerlas hablar a través de nuestras voces y nuestras opiniones. Queríamos recuperar sus textos, discutirlos, incluso, pelearnos con ellos; no nos interesaban únicamente las feministas cuyas ideas suscribíamos. Y este es un gesto importante, porque, sino el cuestionamiento del canon pasa solamente por la inclusión de algunas autoras que nos interesan y nos gusta lo que han dicho, pero no de las demás.
Toda una vida dedicada a la filosofía. ¿Sigue interesándose por las nuevas propuestas y nos los nuevos filósofos?
He de decir que sigo leyendo filosofía, pero mi interés se ha desplazado un poco del pensamiento filosófico-político a cuestiones ligadas a la memoria. Me entusiasma Maria Stepánovova, su libro Memoria de memoria es magnífico. Y me interesan mucho también todas las cuestiones vinculadas al anacronismo, al archivo y al testimonio, cuestiones relevantes ahora que estamos en el ocaso de la «era del testimonio».
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