16 de abril de 1980
El último suspiro de Jean Paul Sartre por Simone de Beavoir
La Ceremonia del Adiós, 1981
Dormía mucho, pero aún me hablaba con lucidez. En algunos momentos, podía creerse que esperaba curarse. A Pouillon, que fue a verlo, en uno de los últimos días de su enfermedad, le pidió un vaso de agua y le dijo alegremente:
—La próxima vez que bebamos juntos, será en mi casa y con whisky.
Pero al día siguiente me preguntó:
—¿Cómo vamos a hacer para pagar los gastos del entierro?
Protesté, por supuesto, y desvié la conversación asegurándole que los gastos de la hospitalización corrían a cargo de la Seguridad Social. Pero comprendí que se sabía condenado y que ello no lo turbaba. Pero volvía a tener la preocupación que lo había atormentado los últimos años: la falta de dinero. No insistió ni me planteó ninguna pregunta sobre su salud. Al día siguiente, con los ojos cerrados, me agarró de la muñeca y me dijo:
—La quiero mucho, mi pequeña Castor.
El 14 de abril, cuando volví, dormía; se despertó y me dijo unas palabras sin abrir los ojos: después me ofreció la boca. Le besé en la boca, en la mejilla. Se durmió. Estas palabras, estos gestos, insólitos en él, se situaban evidentemente en la perspectiva de la muerte.
Unos meses más tarde, el profesor Housset, con quien quise hablar, me dijo que Sartre, a veces, le hacía algunas preguntas:
—¿Adónde conduce todo esto? ¿Qué me va a ocurrir?
Pero no era la muerte lo que le inquietaba: era su cerebro. La muerte, seguro que la presentía, pero sin angustia. Estaba “resignado”, me dijo Housset, o mejor, dijo, corrigiéndose, “confiado”. Sin duda los euforizantes que le suministraban contribuyeron a este sosiego. Pero sobre todo —salvo en la primera época de su semiceguera— había soportado siempre con humildad lo que le ocurría. No quería molestar a nadie con sus molestias. Y la rebeldía contra un destino que no podía modificar le parecía vana. Todavía amaba la vida con ardor, pero la idea de la muerte, cuya llegada aplazaba hasta los ochenta años, le era familiar. La aceptó sin poner trabas, sensible a las amistades, al cariño que lo rodeaba y satisfecho con su pasado: “Se ha hecho lo que había que hacer”.
Housset me afirmó también que las contrariedades que había padecido no habían influido para nada en su estado; una crisis emocional violenta le habría ocasionado, quizá, en un momento dado, algunos efectos funestos pero, diluidos en el tiempo, las preocupaciones, los disgustos, no alteraron en absoluto la causa de la enfermedad: el sistema vascular. Añadió que éste se habría deteriorado fatalmente en un futuro próximo: en dos años como máximo el cerebro habría sido afectado y Sartre hubiera dejado de ser él mismo.
El martes 15 de abril por la mañana, cuando pregunté, como de costumbre, si Sartre había dormido bien, la enfermera me respondió:
—Sí, pero…
Fui enseguida al hospital. Dormía, respirando con bastante dificultad; visiblemente estaba en coma desde la noche anterior. Durante unas horas, me quedé allí mirándolo. Hacia las seis dejé el sitio a Arlette, diciéndole que me llamara si ocurría cualquier cosa. A las nueve sonó el teléfono. Me dijo:
—Se terminó.
Fui con Sylvie. Se parecía a sí mismo, pero ya no respiraba.
Sylvie avisó a Lanzamann, a Bost, a Pouillon, a Horst, que vinieron enseguida. Se nos autorizó a permanecer en la habitación hasta las cinco de la mañana. Rogué a Sylvie que fuera a buscar whisky y estuvimos bebiendo y charlando sobre los últimos días de Sartre, los viejos tiempos y las disposiciones que había de tomar. Sartre me había dicho con frecuencia que no quería ser enterrado en el Père-Lachaise para la incineración; sus cenizas se depositarían en una tumba definitiva en el cementerio Montparnasse. Mientras le velábamos, los periodistas asaltaron el pabellón. Bost y Lanzamann fueron a ordenarles que se marcharan. Se ocultaron. Pero no lograron entrar. En el momento de la hospitalización también habían intentado hacer fotos: dos de ellos, vestidos de enfermeros, trataron de colarse en la habitación, pero fueron expulsados. Las enfermeras se cuidaban de bajar las persianas y colocar unas cortinas en las puertas para protegernos. Una fotografía, sin duda tomada desde un tejado próximo, que mostraba a Sartre dormido, apareció, a pesar de todo, en Match.
En un momento dado, rogué que me dejaran sola con Sartre y quise tenderme a su lado, bajo las sábanas. Una enfermera me detuvo:
—No, cuidado… la gangrena.
Entonces comprendí la verdadera naturaleza de sus escaras. Me acosté sobre la sábana y dormí un poco. A las cinco entraron unos enfermeros. Cubrieron el cuerpo de Sartre con una sábana y una especie de funda y se lo llevaron.
Fui a casa de Lanzmann a terminar la noche y también pasé allí la del miércoles. Los días siguientes me alojé en casa de Sulvia, donde me encontraba mejor protegida que en la mía de las llamadas telefónicas y de los periodistas. Durante el día veía a mi hermana, venida de Alsacia y a mis amigos. Leía los periódicos y también los telegramas que afluyeron enseguida. Lanzmann, Bost y Sylvie se ocupaban de todas las formalidades. El entierro se fijó en principio para el viernes, después para el sábado, para que pudiera asistir más gente. Giscard d’Estaing mandó decir que sabía que Sartre no hubiera querido funerales nacionales, pero propuso que las exequias corrieran a su cargo: nos negamos. Se empeñó en ir a recogerse unos momentos ante los restos mortales de Sartre.
El viernes comí con Bost y quise volver a ver a Sartre antes del entierro. Fuimos al anfiteatro del hospital. Trajeron a Sartre en un ataúd, vestido con el traje que Sylvie le había comprado para ir a la Ópera; era el único traje que tenía en mi casa y ella no había querido subir a casa de Sartre para buscar otro. Estaba sereno, como todos los muertos, y, como la mayoría de ellos, inexpresivo.
El sábado por la mañana nos reunimos en el anfiteatro, donde Sartre estaba expuesto, el rostro descubierto, rígido y helado en su elegante traje. A petición mía, Pingaud le tomó unas fotos. Al cabo de un rato, bastante largo, unos hombres cubrieron con la sábana el rostro de Sartre, cerraron el ataúd y se lo llevaron.
Subí al coche fúnebre con Sulvia, mi hermana y Arlette. Delante iba un coche cubierto de suntuosos ramos de flores y de coronas fúnebres. Una especie de minibús llevaba a los amigos ya mayores o incapaces de una larga caminata. Un inmenso gentío nos seguía: cerca de cincuenta mil personas, principalmente jóvenes. Algunos golpeaban las ventanillas del coche: eran en su mayoría fotógrafos que apoyaban sus objetivos contra los cristales, para sorprenderme. Algunos amigos de Les Temps Modernes organizaron un cordón detrás del coche y alrededor, algunos desconocidos formaron, espontáneamente, una cadena, dándose las manos. En general, durante todo el trayecto, la muchedumbre estuvo disciplinada y calurosa.
—Es la última manifestación del 68 —dijo Lanzmann.
Yo no veía nada. Me encontraba más o menos anestesiada con el válium y resistía con todas mis fuerzas para no desplomarme. Me decía que era exactamente el entierro que Sartre deseaba, y que no se enteraría. Cuando me bajé del coche, el ataúd estaba ya en el fondo de la fosa. Pedí una silla, y permanecí sentada al borde de la fosa, con la cabeza vacía. Vi gente subida a las tapias, sobre las tumbas un hormigueo confuso. Me levanté para ir al coche: se encontraba a diez metros, pero el barullo era tal que creía asfixiarme. Me encontré en casa de Lanzamann con algunos amigos que habían vuelto en desorden del cementerio. Descansé un rato y como no queríamos separarnos, fuimos todos a cenar a Zeyer, en un salón particular: no me acuerdo de nada. Dicen que bebí mucho, que fue necesario ayudarme a bajar las escaleras. Georges Michel me acompañó a casa.
Pasé los tres días siguientes en casa de Sylvie. El miércoles por la mañana tuvo lugar la incineración en el cementerio de Père-Lachaise, pero me encontraba demasiado agotada para ir. Me dormí y —no sé cómo— me caí de la cama y me quedé sentada sobre la moqueta. Cuando Sylvie y Lanzmann, al volver de la incineración, me encontraron, deliraba. Me hospitalizaron. Tenía una congestión pulmonar, de la que me restablecí en dos semanas.
Las cenizas de Sartre fueron trasladadas al cementerio de Montparnasse. Todos los días manos desconocidas depositan sobre su tumba ramilletes de flores recién cortadas.
Hay una cuestión que en realidad no me he planteado y el lector quizá lo haga: ¿no debería haber prevenido a Sartre de la inminencia de su muerte? Cuando estaba en el hospital, debilitado, sin fuerzas, solo pensé en disimular la gravedad de su estado. ¿Y antes? Él siempre me había dicho que en caso de cáncer o de otra enfermedad incurable querría saberlo. Pero su estado era ambiguo. Estaba en peligro pero ¿resistiría aún diez años, tal como él deseaba, o se acabaría todo en uno o dos años? Todos lo ignorábamos. No tenía disposiciones que tomar, no habría podido cuidarse mejor. Y amaba la vida. Ya había sufrido bastante al asumir su ceguera, sus dolencias. Si hubiera conocido con más precisión la amenaza que pendía sobre él, habría ensombrecido inútilmente sus últimos años. De todas maneras, yo navegaba como él entre el temor y la esperanza. Mi silencio no nos separó.
Su muerte nos separa. Mi muerte no nos unirá. Así es: ya fue hermoso que nuestras vidas hayan podido estar de acuerdo durante tanto tiempo.
Fuente: Simone de Beauvoir, La ceremonia del adiós [1981], traducción de José Carbajosa, Madrid, El País, 2003, pp. 244-251.
https://locasueltaenparis.com/sartre-simone-beauvoir-paris/
https://telegrafi.com/es/amp/La-noche-en-que-muri%C3%B3-Sartre-y-cuando-se-bebi%C3%B3-whisky-para-hablar-con-la-muerte-2673134941
Jean-Paul Sartre, de 74 años, muere en París.
Por ALDEN WHITMAN
Jean-Paul Sartre, cuya filosofía existencialista influyó en dos generaciones de escritores y pensadores de todo el mundo, falleció ayer en París a causa de un edema pulmonar. Tenía 74 años.
Considerado durante mucho tiempo uno de los intelectuales más importantes de Francia, Sartre contribuyó profundamente a la conciencia social de la generación posterior a la Segunda Guerra Mundial a través de sus compromisos políticos de izquierda, que lo llevaron de su escritorio a las calles. Tenía ideas sobre prácticamente cualquier tema, las cuales desarrolló en novelas, obras de teatro, biografías, ensayos y panfletos.
Rompió con el comunismo ruso.
En la década de 1970, las ideas de Sartre fueron menos tenidas en cuenta —aunque seguían siendo respetadas— al convertirse en un político atípico y marginal de la extrema izquierda. Su última obra importante fue una biografía del novelista francés del siglo XIX Gustave Flaubert. Sartre solo completó tres de los cuatro volúmenes que había planeado, y si bien utilizó la biografía para desarrollar sus propias nociones sobre psicología, sociedad, literatura y vida, la obra despertó un interés limitado en los círculos literarios.
Aunque en su momento estuvo estrechamente vinculado al Partido Comunista, durante los últimos quince años, aproximadamente, Sartre fue un revolucionario independiente que hablaba más con el acento del maoísmo que con el del comunismo soviético. Como intelectual y figura pública —un hombre al que la policía temía arrestar—, utilizó su prestigio para defender el derecho de los grupos ultraizquierdistas a expresarse, y en 1973 se convirtió en director titular de Libération, un diario radical parisino. Además, prestó su nombre a manifiestos y cartas abiertas en favor de grupos reprimidos en Grecia, Chile y España. Fue un rebelde con mil causas, un Don Quijote moderno.
El señor Sartre era casi tan conocido como escritor y pensador como Simone de Beauvoir, su fiel compañera durante muchos años. Su relación perduró a través de numerosas etapas, pero su profundo vínculo y el apoyo mutuo que se brindaban nunca se pusieron seriamente en duda.
Hace veinticinco años, Sartre, junto con Albert Camus y algunos otros, era un líder intelectual brillante, prácticamente un objeto de culto. Pero en los últimos tiempos su figura se había reducido a la de un antepasado cuyas ideas generativas habían perdido su fuerza.
Se decía que su legado perdurable serían sus obras de teatro, dando a entender que sus ensayos y novelas no sobrevivirían. Como filósofo, fue cada vez más criticado por su enfoque asistemático y por las retractaciones en sus últimos escritos. Sin embargo, pocos le negaron el respeto por sus constantes intentos de vivir según sus ideas, a menudo a costa del ridículo.
«Me he arriesgado en diversas acciones», declaró Sartre hace varios años. Se refería a su actividad contra el régimen gaullista y a sus protestas, a veces solitarias, contra la intervención estadounidense en Vietnam. En 1966 y 1967, por ejemplo, fue miembro principal del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, un grupo privado que condenó el papel de Estados Unidos en Indochina mucho antes de que fuera ampliamente rechazado en Occidente.
Mucho antes, en su trayectoria como izquierdista de ideas progresistas, durante la ocupación nazi de Francia, el Sr. Sartre, según sus propias palabras, «colaboró con los comunistas, al igual que todos los miembros de la Resistencia antifascistas». Su apoyo se mantuvo hasta el levantamiento húngaro de 1956 y la intervención de las tropas rusas. «El Partido Comunista Francés apoyó la invasión de Hungría, así que rompí con él», explicó. Tras respaldar a los nacionalistas argelinos en su lucha contra Francia, se inclinó progresivamente hacia la izquierda, y después de las manifestaciones y los enfrentamientos callejeros de mayo de 1968 en Francia, se convirtió en un militante activo.
Permitió sus propios arrestos.
Entre otras cosas, se dejó arrestar —aunque estos arrestos no resultaron en penas de cárcel— por causas ultraizquierdistas; su voz se volvió más estridente y sermoneó a sus compañeros pensadores sobre la lucha de clases:
"La tarea del intelectual no es decidir dónde se libran las batallas, sino unirse a ellas dondequiera y cuandoquiera que el pueblo las libre. El compromiso es un acto, no una palabra."
Su sentido del compromiso le impedía recibir homenajes. Por ello, rechazó el Premio Nobel de Literatura, que le fue otorgado en 1964, alegando que no deseaba ser «convertido en una institución». También rechazó la Legión de Honor por sus connotaciones burguesas.
Las ideas filosóficas del Sr. Sartre evolucionaron y cambiaron. En "Palabras", el relato de su juventud publicado a mediados de los años 60, criticó las ideas sociales, filosóficas y literarias con las que había sido educado y cuestionó los presupuestos de sus primeras obras. Al comentar su novela autobiográfica "La náusea" y su obra filosófica "El ser y la nada", afirmó que detrás de su composición subyacía una actitud de idealismo aristocrático, que ahora rechazaba. Sin embargo, no condenó el núcleo de su existencialismo. En términos generales, esto sugiere que "el hombre se construye a sí mismo" a pesar de su "contingencia" en un "mundo absurdo".
Voz de la desilusión
Su existencialismo, que a pesar de los orígenes clericales de la filosofía era laico, parecía expresar una desilusión generalizada con las ideas fijas en medio de los cambios revolucionarios derivados de la Segunda Guerra Mundial y la caótica desintegración de los imperios coloniales. De este existencialismo surgieron manifestaciones tan diversas como la antinovela y el antihéroe, el cine de la Nouvelle Vague y la noción de la conciencia angustiada del hombre. También implicaba un llamado a la acción, en el que el hombre podía reivindicar su libertad y asumir cierto control sobre su destino.
Este conjunto de valores era muy distinto al que influyó en el nacimiento de Jean-Paul Sartre en París el 21 de junio de 1905. Su padre, Jean-Baptiste, era un oficial de la marina que falleció poco después del nacimiento de su hijo. Su madre, Anne-Marie Schweitzer, era prima hermana de Albert Schweitzer, el teólogo y médico de la selva.
En "Palabras", sus memorias de ironía mordaz, Sartre recordó que hasta 1919, cuando su madre se volvió a casar, él y su abuela vivieron con sus abuelos, Charles y Louise Schweitzer, principalmente en París. La casa de sus abuelos era, según él, un "invernadero" de hipocresía burguesa, donde la interpretación de roles se tomaba muy en serio y él también se convirtió en un impostor. La muerte de su padre, continuó, no solo significó que el hijo creciera con la "increíble frivolidad" de una persona sin superyó, sino que también lo llevó a heredar una concepción de la sociedad y la literatura propia de mediados del siglo XIX.
Como el propio Sartre se describía, era un niño feo y desaliñado, sin amigos de su edad. Su abuelo, un hombre sobreprotector y autoritario, le exigía que fuera un niño prodigio; y, fingiendo leer, aprendió a leer antes de cumplir los cuatro años. Plagiando, aprendió en pocos años a escribir cuentos, un proceso que aceleró su refugio en las palabras, a las que llegó a considerar "la quintaesencia de las cosas", más reales que los objetos que denotaban.
Con su creciente erudición, el joven Sartre se volvió cada vez más cínico respecto a toda religión, pero se aferró a uno de los conceptos luteranos de su abuelo: el Espíritu Santo. Este era una musa divina que inspiraba a un "elegido" literario, del cual él mismo se consideró parte en algún momento.
Al ser un niño sobreprotegido, recibió clases particulares en casa durante algunos años, y una vez en la escuela, al principio tuvo dificultades debido a errores ortográficos y a la dificultad para "acostumbrarse a la democracia". Sin embargo, pronto se convirtió sin esfuerzo en un estudiante muy bueno, y no tuvo problemas para ingresar en la prestigiosa École Normale Supérieure a los 20 años.
Conocí a mi compañero de vida
Allí comenzó su amistad de por vida con Simone de Beauvoir, compañera de estudios, con un acuerdo que les prometía lealtad mutua en tiempos de necesidad, pero que permitía "amor contingente". Entre sus otros amigos estudiantes se encontraban Albert Camus y Raymond Aron, el observador político, con quienes Sartre rompió amistad después de la guerra.
Tras obtener su título de bachiller (un grado ligeramente superior al de doctor en filosofía), viajó a Alemania en 1933 para estudiar con Edmund Husserl y Martin Heidegger, dos de los filósofos europeos más influyentes, interesados en la naturaleza del ser y la realidad, y en los misterios de la percepción.
El existencialismo tiene orígenes diversos y existen varias versiones del mismo. Las ideas del Sr. Sartre fueron resumidas por Frank Kappler, un escritor estadounidense que, tras citar la famosa fórmula del Sr. Sartre —«La existencia precede a la esencia»— escribió:
El hombre llega a un universo totalmente opaco, indiferenciado y sin sentido. Mediante el poder de su misteriosa conciencia, a la que Sartre llama sin sentido, el hombre transforma el universo en un mundo habitable. El significado y el valor que este mundo posee provienen de su elección existencial. Estas elecciones difieren de una persona a otra.
Cada uno vive en su propio mundo, o, como también dice Sartre, cada uno crea su propia situación. Con frecuencia, esta elección existencial se encuentra enterrada en un nivel inferior de conciencia. Pero para vivir plenamente, uno debe tomar conciencia de sí mismo como un "yo", es decir, un verdadero sujeto existencial, que debe asumir en solitario la responsabilidad de su propia situación.
El compromiso es una elección libre.
Ante esta disyuntiva, creía Sartre, uno puede optar por una «existencia inauténtica» o comprometerse, mediante un acto de libre elección, a desempeñar un papel positivo en los asuntos humanos. La mayoría de estas ideas se desarrollan en «El ser y la nada», obra que escribió durante la ocupación nazi de Francia. En 1938, publicó «La náusea», una novela en la que un personaje llamado Antoine Roquentin, residente de Bouville (o Mudville), es presa de los horrores del existencialismo mientras medita en un parque público.
La novela, que aún hoy resulta instructiva, termina cuando Roquentin decide que si tan solo pudiera crear algo, quizás una novela, su creatividad podría significar un compromiso. El personaje central era casi con toda seguridad el propio Sartre, una impresión reforzada por el título en inglés del libro: «El diario de Antoine Roquentin».
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Sartre era muy conocido en Francia tanto por sus escritos como por su participación en la Resistencia. Su filosofía resultaba atractiva para muchos jóvenes estudiantes, marcados física y espiritualmente por la guerra, pues veían en el existencialismo una oportunidad de salvación a través del compromiso con una "nueva" cultura francesa.
El señor Sartre y sus discípulos se reunieron inicialmente en el Café de Flore, cerca de la Place Saint-Germain des Prés, en la orilla izquierda de París. En aquel entonces, en el Flore solo se servía un té insípido, pero el animado ambiente de las conversaciones era suficiente estímulo. A medida que el grupo crecía, se trasladaron, junto con una multitud de curiosos, al más espacioso Café Pont-Royal.
Tras representar dos obras durante la guerra, entre ellas "A puerta cerrada", Sartre se dedicó al teatro con varios dramas de ideas. Entre ellos se encuentran "La prostituta respetuosa", una denuncia del racismo en Estados Unidos; "Los vencedores", una prueba de conciencia entre los combatientes de la Resistencia; "El diablo y el buen señor", en la que un grupo de campesinos que aceptan la bondad de un tirano descubren que la complacencia es inútil mientras otros sean oprimidos; y "Los condenados de Altona", sobre un antiguo nazi atormentado por el significado que la historia pueda atribuir a sus actos.
Además de sus obras de teatro, Sartre escribía biografías de Baudelaire, el poeta del siglo XIX, y de Jean Genet. Genet, un hombre con un largo historial delictivo que escribía extraordinariamente bien, era aclamado como un antihéroe: un huérfano considerado delincuente por la sociedad que había decidido desempeñar el papel que le había sido asignado.
Una furia de creatividad
Algunos fragmentos de estos y otros de sus escritos se publicaron en Les Temps Modernes, su revista mensual fundada en 1945. La publicación, que en su día fue bastante influyente, ha perdido importancia con el tiempo.
El señor Sartre era un hombre bajito y bizco que siempre parecía estar en un torbellino de creatividad. Relajado en su escritorio, se mostraba atento, natural y rebosante de buen humor. Esto concordaba con su visión de la vida como un tablero de juego en el que él mismo creaba tanto el juego como las reglas. Tenía, según dijo en una ocasión, una ligereza increíble.
Vivía con sencillez, con pocas posesiones aparte de sus libros, en un pequeño apartamento en la orilla izquierda del Sena. Su progresiva pérdida de visión —estaba prácticamente ciego al morir— y su delicada salud lo obligaron a reducir sus apariciones públicas. El 20 de marzo, el señor Sartre ingresó en el Hospital Proussais, donde falleció ayer.
Durante sus últimos años, continuó pronunciándose sobre temas políticos y sociales. En 1977, oponiéndose a la incipiente tendencia del eurocomunismo independiente de la Unión Soviética, acusó al Partido Comunista Italiano de colaborar con el Partido Demócrata Cristiano en un programa de clientelismo y represión.
"Situaciones de la vida", una colección de sus ensayos, se publicó traducida en Estados Unidos ese mismo año. En uno de ellos, "Autorretrato a los 70", escribe con humor sobre su despreocupación con el dinero, su afición a la música y los cambios que tuvo que hacer en su vida cuando ya no podía ver para leer.
Aunque el señor Sartre dejaba entrever cierta amabilidad, siguió siendo un hombre iracundo hasta el final. «En lo que respecta a la política francesa, no veo mucho que pueda hacer», escribió. «¡Es terrible lo que está pasando en Francia ahora mismo! Y no hay esperanza en el futuro inmediato; ningún partido ofrece ninguna esperanza».
Sobre la muerte, comentó en un libro de fotografías en 1978: "Pienso en la muerte solo con tranquilidad, como un final. Me niego a que la muerte obstaculice la vida. La muerte debe entrar en la vida solo para definirla".
Copyright 2010 The New York Times Company
https://archive.nytimes.com/www.nytimes.com/learning/general/onthisday/bday/0621.html

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