Li Xiang
Experta en relaciones políticas y comerciales internacionales, vive en Pekin y utiliza este alias por razones de seguridad
Debate principal: Tras el vendaval trumpista
El mundo político de la globalización neoliberal impulsado por Estados Unidos ha muerto pero el mundo económico que generó se resiste a morir. No es tan fácil en el siglo XXI hacer desaparecer por decreto, mediante aranceles o con la política de las cañoneras -como pretende el señor Donald Trump- la división internacional del trabajo, las cadenas de valor existentes y las interdependencias tecnológicas, financieras y materiales. La persistencia errática del presidente norteamericano en volver a los supuestos buenos tiempos de su nación está condenada al fracaso, pero en su intento no cabe descartar que se incendie la pradera y con ella la civilización humana.
En este contexto ¿qué hace o puede hacer la potencia en ascenso de la República Popular China? Esa misma pregunta se la estarán haciendo millones de personas en el mundo, no sólo los dirigentes políticos y financieros. De momento la respuesta de los gobernantes de mi país es cauta. Ni quieren ni pueden ir a un choque frontal con el histriónico magnate norteamericano. El caso de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ilustra claramente la dificultad de China para intervenir a favor de sus intereses, pero sin exponerse a una reacción virulenta del norteamericano. De ahí, como en el caso venezolano o cubano, la débil cuando no inexistente reacción diplomática y sobre todo material o militar. Las ayudas a Irán en este último terreno son medidas: suficientes para mantener una cierta capacidad de subsistencia persa sin que, a su vez, sea masiva y decisiva.
No quieren porque la estrategia imperialista china es a largo plazo, con el mínimo coste económico y el menor disturbio en su expansión comercial, productiva y extractiva a nivel mundial, lo que lleva a la dirigencia actual del Partido Comunista de China a medir sus pasos. Por ejemplo, ante las amenazas sobre los aranceles responder defensivamente proporcionalmente, pero sin interrumpir los flujos ni contratacar de forma pública con la deuda norteamericana en su poder. Su objetivo es ir creando las condiciones de nuevos polos de reagrupamiento económico y comercial alternativos y al margen de la hegemonía norteamericana: que el negocio siga y no se detenga la ganancia.
El mejor ejemplo del tipo de expansión económica de China es la red de puertos marítimos monitorizados por sus sistemas de gestión que ha ido construyendo en los cinco continentes, tejiendo lazos profundos con las economías locales que se sustancian en algunos países en la construcción de ferrocarriles que permiten enlazar las instalaciones portuarias con zonas mineras o agrícolas del interior de esos territorios. Puertos que sirven para llevar hasta ellos sus mercancías desde China y poder transportar a su vez hacia China los minerales necesarios, el gas natural licuado y el petróleo, los fertilizantes o las mercancías -fundamentalmente agrícolas, pero no sólo- necesarias para continuar con su nuevo ritmo de consumo o disponer de los insumos clave. Algunos datos recientes pueden ilustrar lo afirmado: en los últimos 20 años las empresas públicas y organismos estatales chinos han financiado más de 350 proyectos en 168 puertos de unos 90 países. Buena muestra de que el gobierno de mi país no aspira por el momento a establecer una red de bases militares amenazantes sino a rentabilizar sus reservas en dólares a la vez que se asegura las prioridades económicas, diplomáticas y geopolíticas a medio y largo plazo mediante una red de enclaves en todos los mares dependientes de una red logística, como por ejemplo LOGINK, al margen de las occidentales. Todo ello permitirá a China superar las dificultades crecientes que se avecinan a nivel mundial.
La dirigencia china no quiere el enfrentamiento frontal pero tampoco puede. No quiere correr el riesgo de entrar en una deriva aventurera por tres tipos de razones. En primer lugar y pese a los avances en la creación de unas fuerzas armadas modernas, todavía no pueden competir con las de los Estados Unidos en caso de conflicto abierto. Por el momento. Por ello no lanza fuegos artificiales de júbilo, consciente además del retraso chino a corto y medio plazo en aspectos clave económicos e incluso bélicos como el de la Inteligencia Artificial. El único espacio en el que China se muestra firme en ese terreno es respecto a Taiwan y las aguas marítimas próximas. Digamos que mi gobierno usa bisturí para tratar las cuestiones bélicas que puedan afectar a ambas potencias capitalistas imperialistas Estados Unidos y China, pero a pesar de ello está incurso en una dinámica de militarización de sus prioridades terrestres, marítimas y espaciales.
En segundo lugar, las alianzas internacionales de Xi Jinping (BRICs o la Organización de Cooperación de Shanghai) todavía son -pese al discurso occidental- muy débiles. Mucho más débiles y contradictorias que las equivalentes en el caso occidental a la OTAN, la UE o los tratados comerciales entre los más importantes países capitalistas o con países dependientes. El caso de la guerra de EE UU e Israel contra Irán o la reacción china ante el secuestro de Maduro ilustran muy bien el tipo de respuesta muy comedida del gobierno chino a pesar de los importantes intereses en juego en el terreno del aprovisionamiento de crudo. Capítulo aparte merece las operaciones de importación de crudo iraní que no se refinan en las grandes instalaciones para evitar la vigilancia americana o el armamento e información que discretamente facilita China a Irán para no alarmar a la Casa Blanca. China, de momento, tiene una norma de conducta geopolítica: aumentar los socios y realizar inversiones, pero cuando se agudiza una crisis con EE UU reduce su respuesta al terreno de las declaraciones excepto en el caso de los aranceles. Por el momento. Bien es cierto que un Irán más débil le hace más dependiente de China y los errores de Trump están desviando fuerzas militares norteamericanas del Pacífico hacia el Golfo Pérsico: buenos ejemplos de mirada de medio y largo plazo.
Un factor nada despreciable que paraliza las principales decisiones del gobierno chino es que Xi Jinping y sus fieles configuran una “camarilla” -usando la vieja terminología- que tras controlar los diferentes poderes ha logrado un profundo cambio de régimen político que ha roto las viejas reglas por las que se regía el Partido Comunista de China que durante años tomó decisiones colegiadas que permitían los relevos generacionales preparados de forma anticipada. A pesar de su avanzada edad Xi no tiene de momento sucesor que se sepa. Y ello ha producido importantes desafecciones en el seno de la cúpula militar que, a su vez, se ha visto conmocionada por las recientes purgas en las más altas instancias y casos de corrupción entre altos mandos. Estas purgas militares han sido frecuentes en la convulsa historia China pero la caída de Zhang Youxia es un nuevo hito. Por un lado, por el gran poder que tenía y por otro porque era un aliado de Xi Jinping. Lo primero que salta a la vista es que la cúpula del ejército ha sido prácticamente desmantelada justo en un momento de alta tensión mundial y también en un periodo especialmente decisivo.
El pasado 4 de marzo se inauguraron las sesiones anuales de la Asamblea Popular Nacional y de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino. A las puertas de aprobar un nuevo Plan Quinquenal para el periodo 2026-2030 en medio de una desaceleración del crecimiento económico que se ralentiza al 4,5% pero con un gasto militar que crece el 7,2% se oyeron voces que planteaban la necesidad de unos presupuestos militares más austeros. Ello iría en contra de un elemento central del discurso del “gran resurgimiento de la nación china” de Xi Jinping que se concretaría en la conversión de China en una gran potencia militar tras el siglo de humillación ante occidente y Japón.
A la vez en las calles sigue sin superarse la crisis inmobiliaria a la vez que se ha producido una importante oleada de huelgas y movilizaciones de trabajadores tanto de las empresas públicas como de las privadas exigiendo mejoras salariales y de las condiciones de trabajo.
Por todo ello el margen de maniobra de Xi Jinping frente a Estados Unidos es limitado, máxime en un escenario internacional inestable, convulso e incluso impredecible.
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