domingo, 25 de enero de 2015

Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias



Philip Gourevitch

Traducción de Manu Viciano. Destino, 2009. 409 pp., 22 e.




FELIPE SAHAGÚN | 27/03/2009 
  


Restos humanos del genocidio en Ruanda.

En 2004 Jean Hatzfeld, en Una temporada de machetes, nos describió en primeros planos, con toda crudeza, lo fácil que resultó entre abril y julio de 1994 en Ruanda matar a 800.000 tutsis. Seis años antes, Philip Gourevitch (Philadelphia, EE.UU., 1961) , cuya última obra, La balada de Abu Ghraib, analizamos el mes pasado, ya había relatado los entresijos de aquel genocidio. Once años después nos llega Queremos informarle..., título traducido al pie de la letra de la edición inglesa, manifiestamente mejorable para una obra muy difícil de superar, producto de nueve viajes realizados entre 1995 y 1998 a Ruanda, y de centenares de entrevistas con supervivientes y responsables de las matanzas. 

¿Por qué lo hicieron? ¿Cómo pudo ocurrir? ¿Fue inevitable el genocidio? ¿Puede volverse a repetir? Estas preguntas envuelven el libro, de principio a fin. Muchos pseudoexpertos atribuyeron el genocidio ruandés a razones económicas básicas, como la socorrida idea del “botín para el vencedor” o a la vieja obsesión con el espacio vital. Fáciles de rebatir. De Bangladesh a Haití, el planeta está lleno de lugares más pobres y poblados que Ruanda. 

Tras un recorrido pormenorizado por la historia del país, Gourevitch desemboca en una explicación que, en inglés, llamaríamos holista y que podemos traducir al castellano por total: las desigualdades de la época colonial, la administración centralizada fanáticamente minuciosa y jerárquica, el mito camítico y la polarización radical bajo el dominio belga, las matanzas y expulsiones que empezaron con la revolución hutu de 1959, el hundimiento económico de finales de los 80, la negación del presidente Habyarimana a dejar que regresaran los refugiados tutsis, la confusión multipartita, el ataque del Frente Patriótico (FPR), la guerra, el extremismo del Poder Hutu, la propaganda política, el adiestramiento para las masacres, la importación masiva de armas, la amenaza que para la oligarquía de Habyarimana planteaba una paz que obligaba a compartir el poder e integrar a la población, la extrema pobreza, la ignorancia, la superstición y el miedo de un campesinado amedrentado, sumiso, embrutecido y generalmente alcoholizado, y la indiferencia del mundo exterior. 
                                    
A cámara lenta, sin tantos testigos, lo que sucedió en Ruanda hace quince años en tres meses está repitiéndose en Darfur desde 2002 y las grandes potencias, por su cuenta y en su principal versión multilateral (ONU), no han actuado mucho mejor. Al contrario. La orden de detención del presidente sudanés, Al Bashir, por el Tribunal Penal Internacional, ha provocado ya en pocos días la retirada de las principales ONGs y puede causar centenares de miles de muertos. ¡Viva la justicia internacional! ¡Qué manera tan estúpida de confundir fines y medios, principios y defensa real de los derechos humanos de las víctimas de Darfur. 

Tres años después del genocidio, el general canadiense al mando de los cascos azules en Ruanda, Romeo Dalladier, desoyendo los consejos de sus ex jefes en la ONU, Kofi Annan y Boutros Ghali, que ignoraron sistemáticamente sus advertencias y peticiones desesperadas de medios antes de la tragedia para evitar lo que veía venir con absoluta claridad, se preguntaba por televisión: “¿A quién demonios le importaba Ruanda? ¿Cuántos se acuerdan todavía del genocidio ruandés? ¿Quién ha llegado a captar que se asesinó, hirió y desplazó a más personas en tres meses y medio que en toda la campaña de Yugoslavia a la que dedicamos sesenta mil tropas y todo el mundo occidental estaba allí volcando miles de millones?...” (p. 178). 
El compromiso occidental tras el Holocausto de que nunca volvería a tolerarse un genocidio se demostró vacío de contenido y, por muchos buenos sentimientos que inspiran el recuerdo de Auschwitz, sigue habiendo un abismo entre denunciar el mal y hacer el bien. Ese es el problema. 







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