Tiempo sin Aroma, por Byung-Chul Han
El mundo mítico está lleno de significado. Los dioses no son otra cosa que portadores eternos de significado. Hacen que el mundo sea significativo, que tenga significación y sentido. Narran la relación entre las cosas y los acontecimientos. La relación que se narra genera sentido. La narración crea mundo de la nada. Si está lleno de dioses, está lleno de sentido, de narración. El mundo se puede leer como una imagen. Solo es necesario dejar vagar la vista aquí y allá, para descubrir el sentido, el orden razonable que surge de esta. Todo ocupa su lugar, es decir, tiene su significado en un orden (cosmos) que encaja perfectamente. Si una cosa se aparta de su lugar, es devuelta a su sitio. El tiempo la guía. Es orden. Es justicia. Si alguien mueve las cosas de manera arbitraria, muere. El tiempo expiará su muerte. De este modo se vuelve a restituir el orden eterno. Es justo (dikké). Los acontecimientos mantienen una estrecha relación, un encadenamiento lleno de sentido. Ningún acontecimiento debe salirse de este. Cada acontecimiento refleja la sustancia del mundo, eterna e inmutable. No hay movimiento alguno que pueda llevar a la variación del orden existente. En este mundo del eterno retorno, la aceleración no tendría ningún sentido. Aquí, lo único que tiene sentido es la eterna repetición de lo mismo, la reproducción de lo ya sido, de la verdad imperecedera. Así es como vive el hombre prehistórico en un presente duradero.
El mundo histórico se basa en otros supuestos muy distintos. No se presenta al espectador como una imagen acabada, que revela una sustancia eterna, un orden inmutable. Los acontecimientos ya no se ordenan sobre una superficie estática, sino en una línea ininterrumpida. El tiempo, que al encadenar los acontecimientos los dota de sentido, transcurre linealmente. No es la eterna repetición de lo mismo lo que dota de sentido al tiempo, sino la posibilidad del cambio. Todo es un proceso, que implica un progreso o una decadencia. El tiempo histórico genera una significación cuando está orientado (gerichtet). La línea temporal tiene una dirección marcada, una sintaxis. El tiempo histórico no conoce un presente duradero. Las cosas no persisten en un orden inamovible. El tiempo ya no remite hacia atrás, sino que lleva hacia adelante, ya no repite, sino que atrapa. El pasado y el futuro quedan descompensados. Su diferencia, y no su semejanza, es lo que hace que el tiempo, entendido como cambio, proceso, desarrollo, sea significativo. El presente no tiene ninguna sustancia en sí. Solo es un punto de transición. Nada es. Todo será. Todo se transforma. La repetición de lo mismo deja lugar al acontecimiento. El movimiento y el cambio no generan desorden, sino un orden nuevo. La significación temporal proviene del futuro. Esta orientación hacia el futuro genera una aspiración hacia adelante, que también puede devenir en aceleración.
El tiempo histórico es lineal. Pero se manifiesta de distintas maneras en sus formas de transcurso o aparición. El tiempo escatológico se distingue de cualquier forma de tiempo histórico que prometa un progreso. El tiempo escatológico, en tanto que tiempo último, remite al fin del mundo. El eskatón indica el final de los tiempos, el propio final de la historia. La relación del hombre con el futuro se caracteriza por el estar arrojado. El tiempo escatológico no admite ninguna acción (Handlung), ningún proyecto. El hombre no es libre. Está sometido a Dios. No se proyecta en el futuro. No proyecta su tiempo. Más bien está arrojado al final definitivo del mundo y del tiempo. No es el sujeto de la historia. Es más bien Dios quien dirige.
También el concepto de «revolución» en un principio tenía un sentido muy distinto. Es cierto que se trata de un proceso, pero no está libre del aspecto del retorno y la repetición. En su origen, la revolutio se refería al recorrido de las estrellas. En relación con la historia, supone que las formas de dominación, limitadas en su número, se repiten cíclicamente. Los cambios que tienen lugar en el acontecer de la historia se integran en un recorrido circular. El transcurso histórico no está determinado por el progreso, sino por la repetición. Además, el hombre no es un sujeto de la historia libre. La relación del hombre con el tiempo no está determinada por la libertad, sino por el estar arrojado. El hombre no hace la revolución, sino que más bien está sometido a ella, como a las leyes de las estrellas. El tiempo está impregnado de constantes naturales. El tiempo es facticidad.
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Me interesa →En la Ilustración se conformó una concepción particular del tiempo histórico. En contraposición a la concepción escatológica del tiempo, parte de un futuro abierto. Su temporalidad no está orientada al ser para el fin, sino a la irrupción de lo nuevo. Adquiere significación por su propio peso. No se apresura desamparada hacia el final apocalíptico. Y no hay facticidad ni constantes naturales que la empujen a la repetición circular. De este modo, la revolución adquiere un significado muy distinto. Ya no entraña la representación del movimiento circular estelar. La temporalidad de los acontecimientos no está marcada por un tiempo de transcurso circular, sino lineal, progresivo. La concepción del tiempo de la Ilustración se libera del estar arrojado y de la facticidad. El tiempo será desfactizado (defaktiziert) y, a la vez, desnaturalizado (entnaturalisiert). Ahora es la libertad la que determina la relación del hombre con el tiempo. Ya no está arrojado al final de los tiempos ni al ciclo natural de las cosas. La historia está animada por la idea de la libertad, del «progreso de la razón humana». El sujeto del tiempo ya no es un Dios dirigente, sino el hombre libre, que se proyecta en el futuro. El tiempo no depende del destino, sino de su diseño. La relación del hombre con el futuro no está marcada por el estar arrojado ni por la factibilidad. El hombre es quien hace (produire) la revolución. De ahí que puedan aparecer conceptos como revolucionar y revolucionario. Hacen referencia a la factibilidad. Esta idea, sin embargo, desestabiliza al mundo, incluso al propio tiempo. Ese Dios que durante un largo período funcionó como fundador de un presente eterno, estabilizador en todo sentido, se va despidiendo poco a poco del tiempo.
La creencia en la factibilidad empuja la innovación que se da en las ciencias naturales del siglo XVI. Cada vez aparecen más innovaciones técnicas en menos tiempo. El aforismo de Bacon, «el conocimiento es poder», es un reflejo de esta creencia en la productibilidad (Herstellbarkeit) del mundo. La revolución política está ligada a la revolución industrial. Ambas están fundadas y se mueven por las mismas creencias. Una entrada de la enciclopedia Brockhaus sobre el ferrocarril, relaciona, en tono heroico, la revolución industrial y la política. El ferrocarril se transfigura en un «vagón de vapor triunfal» de la revolución. En la Ilustración, la revolución se refiere a un tiempo desfactizado. Liberado de todo estar arrojado, de cualquier fuerza natural o teológica, el mundo, como un coloso de vapor, se desata hacia el futuro, donde espera encontrar la salvación. Hereda la teología de la concepción temporal de la escatología. La historia sigue siendo una historia de salvación. Y ahora, puesto que el objetivo se encuentra en el futuro, la aceleración del proceso cobra sentido. Así hablaba Robespierre en la ceremonia constitucional de 1793: «Les progrès de la raison humaine ont préparé cette grande révolution, et c’est à vous qu’est specialement imposé le devoir de l’accélérer». Ahora es el hombre libre, y no Dios, el amo del tiempo. Liberado del estar arrojado, diseña lo venidero. Este cambio de régimen de Dios al de los hombres tiene consecuencias. Desestabiliza el tiempo, puesto que Dios es aquella instancia que imprime un carácter definitivo al orden dominante, el sello de la verdad eterna. Representa un presente duradero. Con el cambio de régimen, el tiempo pierde este sostén, que opone una resistencia al cambio. También La muerte de Dantón, el drama revolucionario de Büchner, se refiere a esta experiencia. Camille proclama: «Las ideas fijas comunes que pasan por ser el sentido común son insoportablemente aburridas. El hombre más feliz fue aquel que pudo imaginarse que era Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo».
El tiempo histórico puede precipitarse hacia adelante porque no reposa en sí mismo, porque su centro de gravedad no está en el presente. No admite ninguna demora. La demora solo retrasa el proceso progresivo. Ninguna duración guía al tiempo. El tiempo tiene sentido en tanto que progresa hacia una meta. De este modo la aceleración cobra sentido. Pero, debido a la significatividad del tiempo, no se percibe como tal. En primer plano está el sentido de la historia. La aceleración solo se impone en cuanto tal cuando el tiempo pierde su significatividad histórica, su sentido. Se tematiza o se convierte en problemática cuando el tiempo es arrastrado hacia un futuro vacío de significado.
El tiempo mítico funciona como una imagen. El tiempo histórico, en cambio, tiene la forma de una línea que se dirige, o se precipita, a un objetivo. Cuando la línea pierde la tensión narrativa o teleológica, se descompone en puntos que dan tumbos sin dirección alguna. El final de la historia genera una atomización del tiempo, convirtiéndolo en un tiempo de puntos. El mito desaparece para siempre de la historia. La imagen estática se transforma en una línea sucesiva. La historia deja lugar a las informaciones. Estas no tienen ninguna amplitud ni duración narrativa. No están centradas ni siguen una dirección. En cierto modo, se apoyan en nosotros. La historia ilumina, selecciona y canaliza el enredo de acontecimientos, le impone una trayectoria narrativa lineal. Si esta desaparece, se arma un embrollo de informaciones y acontecimientos que da tumbos sin dirección. Las informaciones no tienen aroma. En eso se diferencian de la historia. En contra de la tesis Baudrillard, la información no se relaciona con la historia como la simulación siempre perfecta del original o del origen. En realidad, la información presenta un nuevo paradigma. En su interior habita otra temporalidad muy diferente. Es una manifestación del tiempo atomizado, de un tiempo de puntos (Punkt-Zeit). Entre los puntos se abre necesariamente un vacío, un intervalo vacío, en el que no sucede nada, no se produce sensación alguna. El tiempo mítico e histórico, en cambio, no dejan ningún vacío, puesto que la imagen y la línea no tienen ningún intervalo. Construyen una continuidad narrativa. Solo los puntos dejan un intervalo vacío. Los intervalos, en los que no sucede nada, causan aburrimiento. O se presentan como una amenaza, puesto que donde no sucede nada, donde la intencionalidad se queda en nada, está la muerte. De este modo, el tiempo de puntos siente el impulso de suprimir o acortar los intervalos vacíos. Para evitar que se demoren demasiado, se intenta que las sensaciones se sucedan cada vez más rápido. Se produce una aceleración cada vez más histérica de la sucesión de acontecimientos o fragmentos, que se extiende a todos los ámbitos de la vida. La falta de tensión narrativa hace que el tiempo atomizado no pueda mantener la atención de manera duradera. Eso hace que la percepción se abastezca constantemente de novedades y radicalismos. El tiempo de puntos no permite ninguna demora contemplativa.
El tiempo atomizado es un tiempo discontinuo. No hay nada que ligue los acontecimientos entre ellos generando una relación, es decir, una duración. Así pues, la percepción se confronta con lo inesperado y lo repentino, que despiertan un miedo difuso. La atomización, el aislamiento y la experiencia de discontinuidades también son responsables de diversas formas de violencia. En la actualidad, cada vez se desmoronan más estructuras sociales que antes proporcionaban continuidad y duración. La atomización y el aislamiento se extienden a toda la sociedad. Las prácticas sociales tales como la promesa, la fidelidad o el compromiso, todas ellas prácticas temporales que crean un lazo con el futuro y limitan un horizonte, que crean una duración, pierden importancia. Tanto el tiempo mítico como el histórico poseen una tensión narrativa. El tiempo está compuesto por un encadenamiento particular de acontecimientos. La narración da aroma al tiempo. El tiempo de puntos, en cambio, es un tiempo sin aroma. El tiempo comienza a tener aroma cuando adquiere una duración, cuando cobra una tensión narrativa o una tensión profunda, cuando gana en profundidad y amplitud, en espacio. El tiempo pierde el aroma cuando se despoja de cualquier estructura de sentido, de profundidad, cuando se atomiza o se aplana, se enflaquece o se acorta. Si se desprende totalmente del anclaje que le hace de sostén y de guía, queda abandonado. En cuanto pierde su soporte, se precipita. La aceleración de la que tanto se habla hoy en día no es un proceso primario que acaba comportando distintos cambios en el mundo de la vida, sino un síntoma, un proceso secundario, es decir, una consecuencia de un tiempo que se ha quedado sin sostén, atomizado, sin ningún tipo de gravitación que lo rija. El tiempo se precipita, se agolpa para equilibrar una falta de Ser esencial, aunque no lo consigue, porque la aceleración por sí misma no proporciona ningún sostén. Solo hace que la falta de Ser resulte incluso más penetrante.
Filosofía del budismo Zen
Byung-Chul Han nos propone en este ensayo sobre el budismo zen que es posible reflexionar de modo filosófico sobre un objeto que no implica ninguna filosofía en sentido estricto. Aunque el budismo Zen se caracteriza por su actitud escéptica con el lenguaje y el pensamiento conceptual, Han propone que podemos dar vueltas lingüísticas en torno a su uso del silencio y el lenguaje enigmático. Para ello, Han recurre a la comparación como un método que saca a la luz el sentido.
La filosofía del budismo Zen se alimenta de un «filosofar sobre» y «con» el budismo Zen, con el objetivo de desarrollar conceptualmente la fuerza filosófica que le es inherente. La filosofía de Platón, Leibniz, Fichte, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche y Heidegger, entre otros, es confrontada con los puntos de vista filosóficos del budismo Zen.
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