07.04.2026
Marià de Delàs
Periodista
Debate principal: Tras el vendaval trumpista
Nos interesa reflexionar y deliberar, ciertamente, sobre “las grandes líneas que afectan a la democracia, a las libertades y derechos políticos, laborales y humanos ante el avance de la extrema derecha mundial y en cada país”. La evolución de los acontecimientos a gran velocidad nos invita a pensar, escuchar, leer, escribir y discutir a fondo, “desde la óptica de la izquierda” sobre “los puntos de conflicto y temas” que configuran un nuevo escenario internacional.
Así quedó planteado desde principios de año en el debate virtual abierto por la Fundación Espacio Público sobre los “cambios que de forma acelerada están viviendo el capitalismo, las posiciones ideológicas predominantes y la geopolítica tras el triunfo de Donald Trump”. Ese debate, esas reflexiones responden a una necesidad en estos tiempos convulsos: la de fomentar el “contraste de ideas, la reflexión compartida, desde la pluralidad, el respeto y el intercambio de diferentes puntos de vista”, “con la voluntad de promover el pensamiento a fondo sobre los grandes temas de nuestra época”. Es el propósito que mantiene Espacio Público desde que conformó su existencia hace trece años, porque la izquierda anduvo y anda necesitada de planteamientos adecuados a la situación de entonces y a la actual. Necesitábamos y necesitamos propuestas convincentes para amplios sectores de población, porque vamos escasos.
“El trumpismo actual ha ido aparejado de un ascenso de la extrema derecha mundial en sus diversas modalidades y corrientes”, es evidente y así se expresa en la ponencia de arranque de este debate, en la que se deja en el aire la gran pregunta: “¿A qué se debe?”
Es preciso que encontremos respuestas a este interrogante. Más allá del sentimiento de repulsa que suscita entre los demócratas la brutalidad de los déspotas, se necesitan recetas esperanzadoras, proyectos que dibujen un futuro posible de convivencia en paz, igualdad, solidaridad y armonía con la naturaleza.
Las manifestaciones masivas en el ojo del huracán trumpista apuntan en la buena dirección, las convocatorias en diferentes países en contra de las guerras, del racismo y de la xenofobia nos proporcionan motivos para no caer en el derrotismo, pero es necesario algo más que el rechazo, porque más allá del ‘NO KING’ y de los ‘BASTA YA’ es preciso que en algún momento la gente normal pueda contar con herramientas para construir aquel “OTRO MUNDO POSIBLE” que tanto se reclamó desde el movimiento antiglobalización. Ese otro mundo no es el que se nos ofrece desde las llamadas “democracias avanzadas” y desde los supuestos “estados de pleno derecho”. La realidad y las perspectivas resultan frustrantes y del todo insatisfactorias para demasiada gente.
No hay que hacer la vista gorda ante la colaboración de los gobiernos europeos con el genocidio cometido en Palestina. A día de hoy la UE todavía mantiene los acuerdos comerciales preferentes con Israel. Las políticas de apoyo a la escalada armamentista obedecen, tal como advierte Pere Brunet desde el Centre Delàs d’Estudis per la Pau, al deseo de incrementar “los grandes beneficios de las industrias del lobby militar”. No se puede mirar hacia otro lado ante la destrucción de poblaciones, la reducción a escombros de barrios enteros y la muerte bajo las bombas de miles y miles de personas.
La “Europa fortaleza” que ha convertido el Mediterráneo en una inmensa fosa común y que deja morir en sus aguas a quienes buscan desesperadamente una vida algo mejor, alejada de la miseria y la violencia, no puede presentarse como defensora de ningún derecho humano. La votación del Parlamento Europeo en favor de un reglamento que permite la deportación de personas migrantes a “centros de retorno” en terceros países demuestra en qué punto se encuentran hoy en día los cacareados “valores europeos”.
Buena parte de las intervenciones en este debate sobre las consecuencias del ‘vendaval trumpista’ coinciden en señalar la urgencia de un cambio de arriba a abajo en la vida política y económica de la Unión Europea. El periodista Roberto Montoya advierte que “la mal llamada comunidad internacional aún no ha sabido responder a ninguna de las múltiples ofensivas imperiales que ha lanzado la Administración Trump desde que volvió a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025”, Actualmente, explica Paco Cantero, asistimos al ”colapso sistémico del modelo financiero”. “Occidente no es el ‘faro de la democracia’ que dice ser mientras sigue utilizando el chantaje financiero y la provocación militar para sostener un sistema quebrado”, concluye en su escrito el coordinador de ATTAC Madrid.
Estas y otras aportaciones a este debate, los diagnósticos publicados durante los últimos años sobre el crecimiento de la ultraderecha, los análisis sobre las realidades sociológicas de los países en los que se extiende la implantación de la derecha más reaccionaria, los ensayos sobre las actuales estructuras de comunicación y en torno al dominio que ejerce el poder económico sobre las redes sociales son más que recomendables. Hay que hacerse cargo del problema al que se enfrentan los verdaderos demócratas del siglo XXI. También son pertinentes, claro está, los ejercicios de memoria histórica y las miradas hacia el futuro con el recuerdo de lo que hicieron en otro tiempo los luchadores contra el fascismo, el nazismo y las dictaduras de naturaleza diversa. “Lo que en la década de los años veinte y treinta del siglo pasado fue el frente unido contra el fascismo debe actualizarse a los tiempos de hoy como un movimiento emancipador y de clase”, subraya Miguel Urbán en su extensa Radiografía de la derecha radical.1
Cuesta entender, sin embargo, el motivo por el cual, hoy en día, la reacción social en contra de los “trumpismos” no se extiende y reproduce cotidianamente y de manera generalizada, en las instituciones y, sobre todo, en las calles.
Los llamamientos a la unidad, las proclamaciones de orgullo de pertenencia al “pueblo progresista”, los elogios de las “políticas valientes” de alcance limitado, los discursos encendidos pronunciados “con el corazón en la mano” sobre “transformaciones sociales” supuestamente implementadas desde el progresismo, sobre “anhelos”, “esperanzas”, “ilusiones”, sentimientos unitarios, ambiciones, deseos de “modernización” … seguro que son necesarios, pero esconden la incapacidad de ofrecer perspectivas de ruptura con un sistema que nos conduce progresivamente hacia la barbarie y la destrucción del espacio natural.
Yayo Herrero, a mi entender, da en clavo en este Espacio cuando afirma que “la retórica del mal menor se hace constante y en un contexto de malestar y decepción, desmoviliza y paraliza”. “No faltan ideas para encarrilar una transición ecosocial justa pero hay que reconocer que los imaginarios dominantes no comparten muchas de ellas. Es por ello, que creo que el trabajo de disputa de imaginarios es clave. Y no se hace solo diseñando campañas en laboratorios de ideas, sino trabajando donde la vida duele y pesa, desarrollando un lenguaje mínimamente comprensible, pero no edulcorado ni infantilizador”.
Es imposible que las personas que viven en precario y angustiadas por el futuro al que pueden aspirar sus familiares, se sientan reconfortadas ante quienes les llaman a defender lo que hay. Las peticiones de conformismo generan resentimiento y ese es, seguramente, uno de los motivos por los cuales demasiada gente concede credibilidad a quienes señalan como culpables de su pobreza a inmigrantes en peor situación.
“El nuevo sentido común está en la unidad”, se dijo recientemente en un acto convocado por dirigentes situados a la izquierda del PSOE. No faltaron voces que insistieron en esa atractiva idea, que presentaban como la fórmula adecuada para “reconectar” con franjas de población que dejaron de escucharles o de prestarles apoyo.
Aseguraron no sentirse culpables de que un partido trumpista como VOX haya extendido tentáculos en todo el Estado y se proclamaron herederos del “¡No pasarán!”, expresión histórica que se viene escuchando de nuevo desde hace unos años en boca de asistentes a concentraciones y manifestaciones.
Conviene mantener el propósito, por supuesto, pero no se puede ignorar que en su día pasaron y que actualmente ya han pasado y pasan en demasiados sitios. Y para que no pasen más, para expulsarlos de las instituciones, para que dejen de ampliar sus filas, habrá que encontrar antídotos. En esa búsqueda se empleó a fondo nuestra compañera Maria Eugenia Rodríguez Palop. Dejó escrito hace cinco años un profundo trabajo sobre “Antifeminismo y extrema derecha”, que propició otro enriquecedor debate en Espacio Público sobre el estado de la cuestión a nivel mundial.
Rodriguez Palop insistió en la consideración del feminismo relacional como un factor clave. “Hay buenas razones para tener miedo, pero no al pobre, sino a la pobreza, no al extranjero, sino al exilio, no a los migrantes, sino a la precariedad y a la intemperie”, escribió. “No puede combatirse a la extrema derecha identificando mercantilización con emancipación”. “Las mujeres tienen que alinearse con las políticas de lo común que se orientan a la redistribución de la riqueza y que defienden la prioridad del derecho a la subsistencia sobre el derecho a la propiedad”, “El feminismo relacional es anticapitalista y antiproductivista…”. Conviene revisitar aquellos textos.
El vendaval trumpista hace en estos momentos mucho más daño del que habíamos imaginado. Es letal y tremendamente cruel en el país de origen, pero lo es mucho más cuando decide utilizar su criminal aparato militar en cualquier lugar del mundo. Sus efectos se extienden por todo el planeta, desde el sur global hasta el entorno más próximo. Tal como explica Laura Camargo en su aportación a este debate, el imperialismo estadounidense, en la profundización de su giro autoritario, ya no se preocupa siquiera de evitar el miedo, sino más bien al contrario: “conviene que en la línea divisoria amigos/enemigos los segundos tomen en serio las amenazas”. “Si en los años 90 existía algo así como una internacional de las democracias liberales, hoy existe una internacional reaccionaria que, con algunas fracturas y contradicciones que seguramente se irán agudizando, ha actuado en su fase expansiva de manera coordinada”.
Para hacerle frente es preciso que aparezca y crezca un movimiento emancipador que pierda el miedo a impugnar su sistema, que no es otro que el que impone el capitalismo. Hace falta que millones de personas tomen conciencia, en primer lugar, de que existe posibilidad real de que los pueblos puedan vivir armónica y pacíficamente, entre ellos y con todos los seres vivos. La izquierda debería presentar como utopía posible la desactivación de todos aquellos factores que contribuyen a la destrucción del planeta, que fomentan la desigualdad y que potencian la concentración de riqueza en pocas manos. Se trata de sumar fuerzas, sí, para construir y difundir, más temprano que tarde, un imaginario que conciba la educación, la asistencia sanitaria, las fuentes de energía, las entidades de crédito, las redes de comunicaciones, los sistemas de movilidad y de transportes como bienes y servicios comunes, estrictamente organizados para prestar servicio a las personas, ajenos a todas las expectativas de negocio y a cualquier ambición de enriquecimiento.
Por este camino sería posible generar la ilusión y la movilización necesaria para que la ultraderecha pierda toda esperanza de dictar sus normas.
Para empezar, no estaría de más, que el movimiento NO KING cobrara fuerza también en nuestro entorno inmediato, se hiciera presente y con frecuencia en nuestras calles y que en los programas políticos de las formaciones de izquierda figurara de una vez por todas la abolición de la monarquía.
Notas:
1 Miguel Urbán. Trumpismos. Neoliberales i autoritarios. Radiografía d la derecha radical. VERSO, 2024

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